El Nuevo Herald
Feb. 19, 2002

Vivencias de un nicaragüense en su primer viaje a La Habana

                      Especial para El Nuevo Herald

                      IVAN TAYLOR

                      No soy cubano, pero cuando llegué a La Habana, mis primeras vivencias me transportaron a mi país.

                      El domingo 27 de enero aterricé en Cuba lleno de expectativas, incertidumbres y ansias. Aquel país mítico, que
                      sólo conocía por fotografías y compartiendo café cubano con los colegas, estaba allí, esperándome con lo
                      inesperado. En La Habana, comprendí que todo ese montaje y las historias de intimidación de un gobierno que los
                      exiliados detestan, existe.

                      No sólo existe, sino que me llevó por completo a los años 80, a la Nicaragua de los sandinistas.

                      Ingresé al país como turista, y al llegar al aeropuerto fui sometido a un cuestionario incoherente. Me preguntaron
                      desde dónde me iba a hospedar, hasta que si me gustaba el idioma inglés. Cuando le manifesté que no entendía
                      su pregunta, ya que he vivido y estudiado en Estados Unidos por 20 años, me respondió que su pregunta se
                      debía a que a ella --la agente vestida de verde olivo, que no formaba parte de Inmigracion-- le gustaba el inglés.

                      Me pidieron que abriera mi maleta y les mostrara lo que llevaba. Allí no había más que mi ropa, dos encargos de
                      una amiga y una bolsa con cartas. Mi sorpresa fue al descubrir que los sobres estaban abiertos y las cartas
                      estropeadas. Me quedé sin palabras. Por supuesto, negaron en todo momento tener algo que ver con esto.

                      Fue entonces que comprendí lo que dicen los exiliados, la razón por la que mis padres tomaron la decisión de
                      marcharse de Nicaragua, y de igual forma me sentí como en el país que abandoné de niño y no en la Cuba que
                      ahora como adulto visitaba.

                      Hay quiénes aseguran que sobornando a estas personas se evita esos malos ratos. En Cuba hay muchas cosas
                      que se logran con el dólar en la mano.

                      Por ejemplo, el que viaja a la isla por placer sexual, en La Habana se encuentra de todo y para todos. Me
                      asombraron cuán agresivas son las mujeres, que tienen un ojo clínico para los turistas. Muchachas lindas y
                      jovencitas, que no vacilan en piropear al visitante, joven o viejo.

                      Las historias de los exiliados sobre las famosas jineteras, testimonios que parecían un tanto exagerados, allí
                      estaban en vivo y a todo color. Y los hombres no se quedan atrás. Jóvenes y otros que ya no lo son tanto,
                      caminando de arriba para abajo, asegurando ser heterosexuales, haciéndole propuestas indecorosas al turista
                      masculino, por dólares, por supuesto. Y en fin, todo se paga con ''el fula'', como se le conoce a la moneda
                      norteamericana.

                      El lema de la American Express --``no deje su casa sin ella''-- no vale en Cuba. Las tarjetas de crédito que tan
                      acostumbrados estamos a llevar, por el auxilio necesario que nos proveen, en Cuba no me servían para nada.

                      Al viajar a la isla comprendí cuán americanizado estaba, acostumbrado a ese plástico que lo aceptan en todo
                      América Latina, pero no en La Habana. La estadía en el Hotel Plaza, de La Habana Vieja, fue muy cómoda, y
                      además estaba en lo que los cubanos del exilio califican como ''el centro del mundo''. Pero en ese mundo se me
                      agotaba mi efectivo, y por primera vez en mi vida me inquietaba estar en un país desconocido contando los
                      centavos en la bolsa.

                      Con poco dinero el cubano se acostumbró a vivir, hasta que conoció que existía el dólar. En la Cuba que se
                      vanagloria de haber erradicado las clases sociales, y dado las oportunidades al pueblo a educarse, ahora hay
                      quiénes viven mejor por tener familiares en el exterior, y quiénes son menos privilegiados por que no tienen a
                      nadie que les provea dólares.

                      De igual forma, esos profesionales educados producto de un obsequio de la revolución abandonan sus carreras y
                      trabajan de meseros, de taxistas, o simplemente prostituyéndose con los turistas. En fin, en algo que les permita
                      obtener divisas, como le dicen oficialmente al dólar.

                      No es ningún incentivo para el cubano aspirar a ser el jefe la sección de trabajo donde labora. Por los cuántos
                      pesos más que pueda ganar, no puede ir a la bodega --como le dicen a la tienda-- para comprar carne, ya que
                      no hay.

                      Una señora se insultó cuando le dije que no comía cerdo, y me dijo que no había tocado carne de res en tres
                      años. Y un amigo profesional que me ofreció su casa, me dijo que le tomaría años componer su vivienda, cuyo
                      baño está compuesto de un inodoro, sin tapa, sin palanca, y que ninguna mujer se atrevería a usar.

                      En fin, las historias y exageraciones de los cubanos exiliados parecían ahora tener más sentido. La Habana, de la
                      que escuché en El Versalles y en La Carreta, resultó, en efecto, una gran ciudad. La arquitectura de esta urbe lo
                      dice todo, pero cuando anochece carece del brillo del que tanto se jactan los exiliados.

                      Es precisamente La Habana que Fidel tomó hace más de 40 años, pero que todavía parece controlar, con todo y
                      su necesidad por el dólar.

                      ''El Fifo'', como le dicen a Castro, es motivo de chistes, pero no frente a una cámara. Los cubanos de la isla se
                      ríen de sí mismos cuando dicen que hablan de todo.

                      ``Conversemos de lo general, pero no del comandante; sino, puede haber problemas''.

                      Taylor es un periodista del Noticiero 51 de Telemundo. El Canal está emitiendo todas las noches a las 11, hasta el
                      viernes de esta semana, una serie de reportajes sobre su viaje a Cuba.