El Nuevo Herald
18 de diciembre de 1998

 Victoria contra la anexión

Rafael Hernandez Colon

 A un siglo el Tratado de París, el pueblo de Puerto Rico fue a las urnas
 para enfrentarse a una maniobra de su actual gobierno con el propósito
 de anexionarlo a Estados Unidos.

 Se trataba de la culminación de un esfuerzo iniciado durante el año de
 1997 por el gobierno de la isla para obtener del Congreso de Estados
 Unidos una legislación conducente a la anexión. Esta legislación disponía
 la celebración de un plebiscito en Puerto Rico utilizando definiciones de
 la relación actual y de la anexión. Los términos denigrantes conque se
 definía la actual condición política aseguraban el triunfo de la anexión.

 Al fracasar en el Congreso, debido a la oposición que montó el
 autonomismo puertorriqueño, optaron por legislar localmente un
 plebiscito similar pero con una definición todavía más denigrante de la
 relación actual que la que contenía la legislación federal y una más
 atractiva para la anexión. El pueblo se vio ante una papeleta engañosa en
 la cual la única salida era votar por la columna de ``ninguna de las
 anteriores''. Esta columna se tuvo que poner en la papeleta por la
 Legislatura para cumplir los requisitos que impone la constitución de
 Puerto Rico para este tipo de votación. En este plebiscito esa columna
 equivalía a un rechazo a la anexión.

 Triunfó por mayoría absoluta la voluntad antianexionista en la más difícil
 de las campañas, pues se tenía que votar en negativo por la opción que
 se rechaza y no se podía votar en positivo por la opción que prefiere el
 autonomismo porque ésta, tal y como la define nuestra constitución, no
 aparecía en la papeleta. Pero la papeleta no sólo excluyó la fórmula
 autonomista como la conciben sus defensores, sino que también
 deliberadamente ocultaba al pueblo ciertos aspectos de la anexión que
 habían sido anticipados en el proyecto que se manejó en el Congreso.

 El primero de éstos era que el voto por la anexión no era un voto para
 que el Congreso convirtiera de entrada a Puerto Rico en un estado de la
 Unión. Ya la legislación que se llegó a aprobar por la Cámara de
 Representantes en Washington --pero no en el Senado-- anticipaba que,
 antes de ser admitido a la Unión, Puerto Rico tenía que atravesar una
 etapa en la condición de territorio incorporado Esta condición política es
 muy distinta a la que tenían los hoy estados de Hawai y Alaska antes de
 ser admitidos a la Unión. Los tratados de adquisición de esos territorios
 fijaron la incorporación de los mismos como parte de los Estados Unidos
 de América, destinados a ser estados de la Unión algún día. A Hawai le
 costó sesenta y un años convertirse en tal y a Alaska, noventa.

 También la papeleta ocultaba al pueblo que durante el periodo indefinido
 que iba a estar bajo esa condición de territorio incorporado, se
 emprendería un programa avasallante en las escuelas públicas para
 obligar a los niños puertorriqueños a utilizar el inglés como si fueran
 norteamericanos.

 Este requisito había sido objeto de un gran debate en la Cámara de
 Representantes en Washington y se consignó expresamente en la
 legislación que ésta aprobó, pero la legislatura de Puerto Rico,
 consciente del efecto negativo que esto tendría, no lo incluyó en la
 papeleta al definir las condiciones de la petición para convertirnos en
 estado de la Unión. Hacerle frente a esta engañosa papeleta fue un reto
 de grandes proporciones para la democracia puertorriqueña.
 Desenmascararla fue la gran tarea política que tuvo que llevar a cabo el
 autonomismo.

 La legislación bajo la cual se celebró el plebiscito, fue tan abusiva que
 incluso asignó fondos públicos para defender la anexión pero se los negó
 a aquellos que se oponían a ella promoviendo el voto por la columna
 denominada ``ninguna de las anteriores''. El gasto de campaña en favor
 de la anexión fue por lo menos diez veces mayor que el gasto en que
 pudo incurrir la oposición. Los recursos de los organismos públicos se
 utilizaron impunemente en favor de la campaña anexionista, como, por
 ejemplo, pagarle los gastos de viaje y de estancia a sus aliados en el
 Congreso que vinieron a hacer campaña en favor de la anexión.

 Pero el pueblo se creció y frente a la trampa electoral que le tendió el
 gobierno, derrotó la pretensión anexionista. El gobierno reaccionó de
 manera infantil y antidemocrática alegando que había triunfado la anexión
 porque, según ellos, ``ninguna de las anteriores'' no era un voto
 afirmativo por nada. El mamarracho colonial que habían hecho aparecer
 en la papeleta alegando que era la presente relación de Estado Libre
 Asociado, como es natural, prácticamente no obtuvo votos. Con esa
 ridícula pretensión, partió el gobernador hacia Washington para tratar de
 reactivar la legislación que tiene estancada en el Congreso.

 No lo conseguirá. Toda la prensa y la televisión y la radio
 norteamericanas han llevado claramente la noticia al Congreso de que la
 anexión fue nuevamente rechazada por el pueblo puertorriqueño.

 Hoy me siento más orgulloso que nunca de mi pueblo. Estuvo a la altura
 de una circunstancia histórica que hubiera comprometido su destino.
 Votó para seguir siendo Puerto Rico, para seguir hablando español, para
 reivindicar su democracia y para resguardar su ser nacional.

 Ex gobernador de Puerto Rico.
 © ABC (Madrid)