ENTREVISTA A CARLOS RIVERO COLLADO. (EXCLUSIVA PARA EL SITIO WEB DE LA UNEAC)
 
Febrero 1, 2010
 

Por Emilio Comas Paret

1-. ¿Quién es Carlos Rivero Collado?

--Un cubano que siempre le fue leal a su patria porque aunque participó en acciones que pudieran considerarse contrarias a Cuba, para él no lo eran. Si un ser humano está convencido de que la causa que defiende es justa, para él la justicia radica en esa causa, aunque no sea así para la verdad objetiva. Lo infame sería defender la infamia sabiendo que lo es; pero si uno cree que lo infamante radica en lo que uno combate, entonces uno está en contra de la infamia, aunque desde el punto de vista objetivo sea todo lo contrario. Casi siempre, en la decisión de una persona, lo que decide es lo subjetivo, no lo objetivo, aunque, a veces, uno puede hacer que lo segundo domine a lo primero.

2-. ¿Qué recuerdas de tu infancia? ¿Cómo fueron tus primeros recuerdos, primeros años de vida, el seno familiar en que creciste, recuerdos mas nítidos?

--Mi niñez estuvo, por supuesto, entregada a la familia que, en mi caso, siempre estuvo muy unida y tuvo sus altas y sus bajas, de acuerdo a los vaivenes de la política de aquella época. Mis padres fueron dos personas de origen muy modesto que a base de grandes sacrificios pudieron subir en la escala social de acuerdo a los valores de entonces. Mi padre nació en un bohío, cerca de San Luis, Oriente, y no sabía leer ni escribir a los catorce años, pero ya a los treinta y pico era abogado y ministro del gobierno. Mi madre nació en una aldea de Salamanca, casi fronteriza con Portugal, y llegó a Cuba a los nueve años, con su madre y sus hermanos.
Cuando mi padre estaba en el gobierno, o sea en los de Batista, vivíamos en mansiones rodeadas de flores, con criados y grandes carros negros y choferes de uniforme. Cuando estaba en la oposición andábamos en tranvía o a pie y vivíamos en un apartamento de planta baja en la calle Estrella entre Marqués González y San Carlos, Pueblo Nuevo, modesto barrio en el que me crié de los cinco a los trece años y del que guardo una gratísima memoria. Me acuerdo que cuando aquello, allá por el año 46, comenzaron a fabricar el Palacio de la CTC. Y yo me lanzaba en patines y patineta, con varios amigos que siempre andábamos juntos, por la loma de Marqués González hasta el Placet de Llinás, pasándole por delante a la CTC en construcción, para ir a jugar pelota después cerca de la Escuela Normal.
Estudiaba en la Academia de La Salle que estaba en Carlos III y Oquendo y recuerdo que, al salir de las clases, los niños del barrio íbamos en fila por las aceras para regresar a nuestros hogares y los curas nos decían que teníamos que virar la cara cuando pasáramos frente a la sede nacional del Partido Socialista Popular, que estaba en Carlos III entre Marqués González y Oquendo, a media cuadra de una cafetería que era famosa, El Agua Fría, al lado estaba el diario Alerta y en la esquina la embotelladora de la Pepsi Cola. Entonces, cuando llegaba a mi casa y le decía a mi padre que no podíamos mirarle la cara a los comunistas que estaban sentados en los portales de la oficina, se echaba a reír y me decía: “mira, mi hijo, esos comunistas, sobre todo Blas Roca y García Agüero, son amigos míos y nos llevamos muy bien. Con quienes nunca me he llevado es con los curas porque todos son una partida de mentirosos”.
Esos son algunos de los recuerdos que guardo de mi niñez: La Salle, la construcción del Palacio de la CTC, Llinás, la oficina del PSP, la loma de Marqués Gonzalez, la Iglesia de Reina en la que hice la Primera Comunión cuando era devoto de todas aquellas pomposas mentiras, el Parque Finlay, frente al MINSAP de hoy que era el Ministerio de Salubridad de aquella época, adonde mamá me llevaba casi todas las tardes y nos encontrábamos al Caballero de París y, muchas veces, al Hombre-Rana, un pobre hombre que se disfrazaba de rana y daba saltos para vivir de las monedas que el público le lanzaba.
El golpe del 10 de marzo me cambió toda aquella vida gregaria, inocente y feliz porque tuvimos que mudarnos para una casa grande que tenía hasta aire acondicionado y estaba cerca del Campamento de Columbia. Ya no vivíamos al lado del pueblo, sino al lado de los fusiles. Era muy lejos de mi barrio y me sentí muy solitario y, además, con una gripe terrible que me duró más de tres meses porque mamá, acostumbrada al frío de niña, al mudarse a la nueva casa, insistió en dejar prendido el aire acondicionado por varios días y era sólo el mes de marzo. Ese tipo de aire frío, pero más suave, yo sólo lo había sentido en los cines Favorito y Belascoaín, adonde iba todos los fines de semana. Mi padre era otra vez ministro, pero yo había perdido a todos mis amigos. El diez de marzo fue para Batista el poder, para el pueblo, la desgracia; para mí, la soledad ... y para muchos, después, la sangre.

3-. Cómo ves la figura de tu padre desde el punto de vista histórico social? ¿Cómo fue tu padre en la intimidad? ¿Cómo funcionaba en el papel de pater familia?

--Mi padre entregó su vida, desde muy joven, a la política, siempre al lado de Batista, en las buenas y las malas. En Cuba, por supuesto, hay una imagen terrible, y con razón, de los políticos de aquella época, sobre todo los que estaban junto a Batista, pero es un error decir que todos eran iguales, que no había excepciones. Mi padre fue uno de los pocos de la excepción, en primer lugar porque nunca se enriqueció con las altas posiciones que ocupó, incluyendo la de ministro de educación que era, precisamente, el ministerio del que salieron los peores ladrones, como Alemán y otros. Además, siendo el primer consejero político de Batista, a principios de 1952, hizo todo lo que pudo por evitar el golpe del 10 de marzo, pero Batista se dejó llevar por su enfermiza ambición y, también, por las presiones que el gobierno de Estados Unidos ejerció sobre él para que diera el golpe, ya que pensaba, con esa ignorancia tan típica del imperio, que los ortodoxos iban a establecer en Cuba el sistema comunista. Mi padre asistió a varias reuniones en Cuquine en que agentes de la CIA y el State Departament le decían a Batista que estaba obligado a tomar el poder por la fuerza para evitar la llegada del comunismo. Mi padre sabía que eso no era así y muchas veces le dijo a Batista que el golpe iba a traerle a Cuba un baño de sangre. El gravísimo error que mi padre cometió fue no haberse alejado de Batista a partir del golpe. Por el contrario, llegó a ser la segunda figura política del régimen. Un error que pagó con creces porque, amando la tierra en que nació, tuvo que vivir los ultimos 37 años de su vida en el destierro.
En el orden familiar, mi padre fue un hombre bueno que quiso mucho a mi madre, a mis hermanos y a mí, y yo lo recuerdo con todo cariño porque siempre me trató muy bien y respetó mis ideas que, a partir de 1968, fueron contrarias a las de él. Ya en el destierro, hablé mucho con él en larguísimas horas que a veces llegaban hasta la madrugada. Él, por supuesto, era contrario a la Revolución, pero no en la forma enloquecida y salvaje de muchos aquí en Miami, sino en una forma distinta porque siempre se opuso al bloqueo económico y siempre deseó un entendimiento entre Cuba y Estados Unidos basado en el respeto mutuo. Me confiaba eso en nuestras largas conversaciones íntimas, pero no lo decía en público por el grado de excesivo fanatismo que existía y existe en esta ciudad. Ya era muy viejo. Recuerdo una vez que me miró fijamente y me dijo: “si yo hubiera nacido en Cuba en esta época no habría sido analfabeto a los 14 años”. No era, por supuesto, un revolucionario, pero mucho menos un contrarrevolucionario al estilo de Miami. Siempre hubo en él una cierta sensibilidad que era y es muy ajena a los de aquí. Además, por su vasta cultura no podía ser como estos ignorantes. Siempre tuvo por Fidel una enemistad llena de admiración, y por Batista, una amistad no ausente de reproches.

4-. ¿Qué recuerdas de la intempestiva salida de Cuba en las primeras horas del año 59?

--Batista llamó a mi padre a eso de las seis de la tarde del día 31 y le dijo que quería reunirse con él esa noche. Mi padre le respondió que él no iba a esperar el año por respeto a la muerte de su hermano Nicolás, unos meses antes. Batista le dijo que no era fiesta, sino reunión, porque habían sucedido ciertos imprevistos. Mi padre no tenía la menor idea de que ya Batista había decidido renunciar hacía dos semanas y marcharse del país aquella misma noche. Yo tenía 19 años y esperé el año nuevo en Tropicana con mi novia, que después fue mi primera esposa. Mi mamá estaba con mi padre y mis hermanos se hallaban en diversas fiestas. Mi hermanito Jorge, el que fue asesinado por los médicos del Hospital Coral Gables de Miami hace cuatro años, tenía dos años y se quedó en nuestra casa al cuidado de mi abuela.
A las doce y media de la noche, Batista subió a la parte alta de la casa presidencial de Columbia a reunirse con algunos jefes militares. Mi padre se quedó abajo conversando con García Montes y otros dirigentes civiles del gobierno. Mi padre no participó en la reunión en que Batista decidió renunciar y entregarle el poder al general Cantillo, más bien se enteró cuando, después, Batista bajó al primer piso. O sea que en la renuncia del gobierno ni siquiera se contó con quien en ese momento era el Presidente-electo del país. Batista lo cogió por un brazo y, casi temblando, le dijo: “Estamos rodeados, si nos quedamos aquí una hora más nos matan a ti y a mí, pero no los revolucionarios, sino los que se han rebelado dentro del ejército. Hay un avión esperando para llevarnos a Santo Domingo. Vamos. Vamos”. Era mentira, nunca hubo una sublevación en Columbia. Mi padre trató de salir para reunirse con nosotros y salir todos juntos, pero fue rodeado por varios oficiales, que ya recibían instrucciones de Cantillo, y le dijeron que tenía que irse con Batista en el mismo avión.
Al ver aquello, mi madre le dijo al chofer que saliera de allí a la carrera y regresó a la casa para dar con nosotros, los hermanos. Unos ayudantes de mi padre nos localizaron porque sabían adonde estábamos. Llegamos al aeropuerto de Columbia a las cinco de la mañana y un avión de transporte de tropas nos trajo hasta West Palm Beach, adonde llegamos a las seis de la mañana. Fuimos los primeros cubanos que llegaron a Estados Unidos después del triunfo de la Revolución y fue mi hermanito de dos años el primero que bajó del avión, ayudado por mi madre.

5-. ¿Cómo fue ése, tu primer exilio?

--Imagínate. Ya yo estaba preparando mis cosas para mudarme, en un mes y medio, al Palacio Presidencial y, de pronto, me vi viviendo en Miami en un apartamentico y trabajando en una fábrica de sillas de aluminio, en Hialeah, ganando un peso la hora. Casi todos los obreros eran cubanos y estaban con la Revolución y me miraban como si me fueran a linchar en cualquier momento. Además, mi mujer estaba en estado y mi hija mayor tenía casi dos años –se me olvidó decirte que mi novia era, en realidad, mi mujer porque ya habíamos tenido cierto entrenamiento táctico con vistas al matrimonio--. Precisamente nos casamos en la corte de Miami el 26 de enero, el mismo día en que lo hicieron Vilma y Raúl, aunque sospecho que no en la forma tan solitaria en que lo hicimos nosotros. Después, en junio, tuve que viajar a México para ayudar a mi padre a entrar ilegalmente a este país porque el Departamento de Estado le había negado la entrada sólo a dos miembros del régimen caído, Batista y mi padre, a pesar de que los dos eran muy aliados de Estados Unidos, pero eso no debe sorprenderle a nadie que conozca un poco la naturaleza putañera del imperio yanqui.

6-. ¿Por qué decidiste venir en la invasión de Girón?

--Por muchos factores que no creo que a nadie le sea difícil entender, yo era un enemigo de la Revolución. Pero no un enemigo como lo han sido y lo son muchos aquí, por su entrega total al gobierno de Estados Unidos. No. Para nada. Había sido alumno de la Fragua Martiana y desde los doce años ya conocía los escritos antimperialistas de Martí. Y lo primero que me interesó fue que Martí luchó, también, por la independencia de Puerto Rico. Comencé a leer, a esa temprana edad, todo lo relativo a la ocupación de Puerto Rico, que tenía un gobierno autonómico y fue convertido en una simple colonia, el autoatentado del Maine, la invasión a Cuba, la sangrienta guerra contra el pueblo filipino y todo aquello me llevó, después, a seguir leyendo la historia de este país. Quien conozca esa historia y simpatice con el gobierno yanqui es tan canalla como el imperio. Yo nunca he sido así.
¿Entonces por qué viniste en una invasión financiada por el imperio? –dirán, por supuesto, muchos--. Yo pertenecía al grupo que, aquí en Miami, a principios de 1960, había fundado el Movimiento Nacionalista Cubano, dirigido por Felipe Rivero, que no era pariente mío, pero sí mi buen amigo, casi veinte años mayor que nosotros, o sea los jóvenes del Movimiento.
Cometimos el error de creer que la invasión que se preparaba podía triunfar y que nuestro deber era participar en ella para que lo que surgiera de ese triunfo, si salíamos con vida, no estuviera tan influenciado por los incondicionales al imperio que formaban la jefatura de la Brigada y el gobierno “en armas” presidido por Miró y Varona. Y con ese objetivo fuimos a pelear.
Nuestros dos grandes errores fueron creer que podíamos triunfar y que nuestras ideas nacionalistas podían incidir en lo que surgiera de ese triunfo. Por supuesto que hubiera sido todo lo contrario. Nuestra victoria en Girón hubiera convertido a Cuba en un país mucho más sometido al imperio de lo que fue el gobierno de Batista. Y si traemos ese análisis a la actualidad debemos llegar a la conclusión de que si algún día la Revolución llegara a fracasar –algo que, por supuesto, no espero-- y el gobierno de Cuba fuese dirigido por éstos que hoy conducen el llamado “exilio de Miami”, el recuerdo de Batista sería algo así como la imagen de un Guiteras aun más radical.
Unos años después comprendí que en Girón había defendido la mala causa, pero entonces, en aquel año 61, creía en todo lo contrario. Hay que destacar, también, que, a pesar del daño que le hicimos al país, peleamos de frente, en una guerra abierta y convencional, no haciendo emboscadas ni destruyendo aviones en el aire ni poniendo bombas en hoteles y restaurantes ni asesinando a diplomáticos ni defendiendo el cobarde bloqueo económico. Y cuando un ser humano pelea de frente contra un enemigo igualmente poderoso, merece, al menos, cierto respeto, aun cuando haya defendido una mala causa. Un respeto similar al que se le tuvo al capitán Abón Lee, en el norte de Villaclara, al triunfar la Revolución. Excluyo de eso a la aviación de la brigada que perpetró bombardeos contra aeropuertos y concentraciones de tropas y asesinó a muchos revolucionarios. Me refería a quienes combatieron de frente a los que, entonces, eran nuestros enemigos.

7-. ¿Qué recuerdas con más nitidez de los combates y los acontecimientos posteriores?

--Tuve que pelear en lo más grueso del combate, en la rotonda de Playa Larga, adonde murieron más de la mitad de los combatientes que cayeron en toda la operación. La encarnizada batalla duró desde las siete de la noche del lunes 17 de abril, hasta las cuatro y media de la mañana del martes 18. Recuerdo el diabólico silbido de los cohetes que lanzaban, los gemidos de los moribundos, los tanques Stalin pasando frente a nosotros y cómo nos enterrábamos en la arena para no ser ametrallados. Fidel conocía muy bien aquella zona y le dijo al Gallego Fernández, quien era jefe de operaciones, que había un camino, al borde de la ciénaga, que llegaba hasta la retaguardia de Playa Larga.
A las dos de la mañana, cientos de revolucionarios, al mando directo de Fidel, comenzaron a avanzar por ese camino. De haber llegado al final, nos habrían aniquilados a todos los que estábamos allí, unos 300 hombres, porque nos hubieran cogido entre dos fuegos. Por suerte para nosotros, un rato después llegó una llamada de La Habana diciendo que se había producido un desembarco por Bahía Honda y Fidel tuvo que regresar con toda rapidez para ponerse al frente de los combatientes que iban a oponerse a ese desembarco. Resultó ser un simulacro de invasión, en que varias lanchas no tripuladas, dirigidas por control remoto, que tenían sonidos especiales, llegaron cerca de Bahía Honda y daban la impresión de que se trataba de otra invasión.
Al dejar Fidel aquel camino escondido, parece que Fernández no estaba muy seguro sobre el lugar al que lo conducía y detuvo la marcha. Esa fue nuestra suerte porque a las cuatro y media de la mañana tuvimos que retiranos a toda carrera hacia Playa Girón.
El miércoles participé en la defensa final de Girón, pude escapar al monte, estuve cuatro días sin agua y una semana sin alimento y al cabo fui hecho prisionero, creo que ya era el 25 de abril. Nunca me olvidaré que uno de los milicianos que me detuvo, puso una mano en mi hombro y dijo: “No te preocupes por nada, mi hermanito, que vas a desfilar con nosotros el primero de mayo”. Más o menos lo mismo que los soldados del imperio le decían a los prisioneros de Abú Ghraib y Guantánamo.

8-. ¿Cómo fue tu prisión en Cuba hasta el momento del canje?

--El mejor trato que uno puede recibir en la cárcel es el que se da a sí mismo. Si se dedica a no hacer nada, a dormir doce horas o más, a jugar dominó o a las cartas y a pensar en las musarañas, entonces su encierro es inútil y dañino. Si se dedica a estudiar, entonces se convierte en un admirable encierro. Yo escogí este camino y muchas veces evoco aquellas muchas horas que me pasaba leyendo, sobre todo historia. Con unos libros muy buenos que me había llevado al Castillo del Príncipe una hermana de mi mamá que se había quedado a vivir en Cuba. Organicé dos grupos de estudio y les estuve dando clases de historia y filosofía por varios meses, hasta que me trasladaron a la galera séptima, quizás porque pensaron que aquellas reuniones tenían un matiz político, y entonces estuve en esa galera unos cinco meses y discutí mucho con los miembros de la jefatura, los cuales habían sido aislados también en esa galera. Mi cuerpo estuvo preso casi dos años, pero mi mente nunca ha sido tan libre. Añoro aquella inefable libertad.

9-. Cuando vuelves a USA ¿llevas ya una misión para trabajar a favor de Cuba? ¿Es en ese momento en que decides convertirte en un revolucionario cubano a pesar de los grandes inconvenientes que te esperaban por tu decisión?

--Seguí siendo enemigo de la Revolución por varios años, pero unos días después de mi excarcelación tuve la primera gran experiencia negativa con mis supuestos “compañeros” que, unida a otras de los años siguientes, me llevaron eventualmente a dar un viraje político radical, ya a fines de los años sesenta. Unos días después de llegar a Miami, inauguré un programa radial diario por la antigua WMIE, ahora WQBA. Tenía bastante audiencia porque era la única tribuna diaria de los veteranos. Y resultó que los dirigentes de la Brigada, ya excarcelada, decidieron participar en un desfile militar ante el presidente Kennedy en el estadio Orange Bowl, que era entonces el más grande de la Florida. Yo no podía concebir que, si habíamos peleado como cubanos en Girón, fuéramos a desfilar ante un gobernante extranjero porque eso sí nos convertía, no propiamente la invasión, en mercenarios. Me opuse a aquel desfile, al igual que todos los miembros del Movimiento Nacionalista que habían participado de la invasión, y fue ya desde entonces que comencé a tener peleas y discusiones aun más fuertes que las que teníamos con la jefatura de la brigada cuando éramos prisioneros. Sólo unos diez o doce veteranos nos negamos a desfilar ante Kennedy. Todos los demás lo hicieron. No sólo eso, sino que, peor aun, ya a principios de enero muchos comenzaron a enrolarse en el ejército yanqui, convirtiéndose en mercenarios porque ya eran miembros de un ejército extranjero y estaban dispuestos a pelear en países que no eran el nuestro, como muchos lo hicieron en Vietnam, Cambodia y otros países. Aquel fue el principio de un proceso que, unido a los estudios que por varios años hice de las obras de Marx, Lenin y otros pensadores socialistas, e influido además por la tétrica experiencia del genocidio imperialista en Vietnam, me llevaron a un cambio radical de actitud política y a adoptar las ideas y los principios que había combatido desde enero del 59. Ya en 1969, me consideraba revolucionario y socialista, pero me tomó algún tiempo hacer contacto con el gobierno de Cuba, más que nada porque pensé que nunca me iba a aceptar. Entonces, el 10 de enero de 1972, visité la Misión de Cuba en la ONU y a partir de entonces me convertí en un aliado de la Revolución Cubana.

10-. ¿Qué pensó tu padre entonces? ¿Qué pensó tu familia? ¿Quién te apoyó en tu decisión y quién no? ¿Qué inconvenientes surgieron con tus amigos? ¿Hubo represalias contra ti por parte de los sectores más retrógrados del exilio miamense?

--El primer amor no es el amor a la familia sino el amor a la verdad. Si la familia pugna con la conciencia, uno escoge la conciencia y deja a la familia. Sin embargo, mi padre, el resto de mi familia y mis amigos no pudieron pensar en nada porque, mientras viví en Miami, no se enteraron de aquel cambio. La única que lo sabía era mi segunda esposa, con la que tuve una hija dos meses después de visitar la Misión en Nueva York. Por lo demás, mantuve mi colaboración con el gobierno de Cuba en el más absoluto secreto. Por dos años fui un operativo en Miami de la Dirección General de Inteligencia de Cuba (DGI), pero no infiltrando organizaciones ni realizando una labor que pudiera considerarse, en el sentido clásico, de espionaje. Y no porque yo no lo quisiera, porque al unirme a la Revolución estaba dispuesto a realizar cualquier acción por peligrosa que fuese, sino porque la propia DGI consideró que yo era más útil como analista político que infiltrando grupos, ya que para ese trabajo había otras personas más apropiadas, o más capacitadas, que yo.

11-. ¿Cuándo vuelves a vivir en Cuba y por qué te decides volver?

--El gobierno de Cuba decidió que yo regresara en abril de 1974, en un viaje por casi medio mundo del que todavía no me explico por qué tuvo que ser así. Mi esposa regresó a Colombia, su país, con nuestra hija. Yo viajé a México, después en avión a Francfort, entonces en tren a París, después en avión a Praga, al día siguiente en avión a Moscú, y dos días después regresé en avión a La Habana, con escala en Rabat. Nunca me dijeron el porqué de aquel regreso tan curiosamente largo y nunca me interesé en averiguarlo, pero me dieron por la vena del gusto porque si algo aprecio en grande es viajar por Europa. Mi esposa y mi hijita se reunieron conmigo unas semanas después.
En Cuba escribí “Los sobrinos del Tío Sam”, un estudio sobre la contrarrevolución externa que tuvo amplia divulgación nacional e internacional y fue traducido a varios idiomas. Hablé por radio y televisión varias veces y escribí artículos para Bohemia, Granma y otros vehículos de información, siempre como una especie de vocero de la Inteligencia, aunque nunca pertenecí de lleno a la DGI ni tuve un rango militar. Era una especie de invitado ocasional al que, quizás, nunca le tuvieron confianza, y creo que, en la medida de mis limitaciones, hice una labor apropiada. En 1975, el presidente Dorticós y el primer ministro Fidel Castro firmaron un documento con el que me devolvieron la nacionalidad cubana, que había perdido catorce años antes por haber participado en la invasión. Mi hijo Carlitos nació en abril del 77 en Maternidad de Ciudad Libertad.
 

12-. ¿Por qué al cabo de unos años decides de nuevo vivir en USA?

--El ser humano no está, por supuesto, exento de defectos y yo no soy, precisamente, la excepción. Uno trata de cambiarse a sí mismo adoptando las mejores ideas; pero las ideas, que viven en una dimensión distinta a la nuestra, nos mejoran como seres pensantes, pero no como seres vivientes. Cometí errores que provocaron mi salida del país en octubre de 1977. Aquel regreso lleno de luz en abril del 74, no fue nada más que sombra tres años y medio después. El cuerpo quizás fracasó en ese gran anhelo de vivir en la Patria; pero la mente no. La esencia sigue siendo la misma. La Revolución sigue allá y el imperio, aquí. Mi cuerpo está aquí, mi mente está allá. Mis ideas de hoy son las mismas que las de 1974.

13-. ¿Cómo recibió tu familia esta decisión? ¿Cómo tus amigos? ¿Cómo se mostraron los reaccionarios miamenses con tu decisión?

--Mi familia, por supuesto, se alegró de mi salida de Cuba. Para sobrevivir, después de mi regreso a Miami, en mayo de 1978, tuve que acudir a ciertos artificios estratégicos porque si llegaba hablando como lo hacía en Cuba o escribiendo como lo hago ahora ya hace rato que los gusanos se hubieran dado un pequeño banquete conmigo y no me refiero a los gusanos metafóricos, sino a los reales, a los que siempre esperan ávidos nuestros yertos despojos. Algunos en Miami aceptaron mis falacias, otros, por lo menos, se confundieron con ellas. De manera que pude vivir aquí sin mayores conflictos. La integridad de los contrarrevolucionarios siempre ha sido bastante relativa porque actúan por intereses, no por principios, como si estuvieran dirigiendo un negocio porque, en rigor, eso es lo que hacen, defender una empresa, el capitalismo, no una causa, la de la conciencia humana.
Para ponerte un solo ejemplo, ahí tenemos a Elizardo Sánchez Santacruz, a quien se le probó, públicamente, que estaba colaborando con la Seguridad del Estado y, sin embargo, los enemigos de la Revolución lo siguen considerando uno de sus dirigentes. Esa ligereza, ese sentido relativo y hasta comercial que tienen los enemigos de la Revolución y el socialismo en todo lo que defienden y en todo lo que atacan fue para mí de gran conveniencia porque sólo me bastó coincidir con ellos en dos o tres cuestiones para que no me siguieran atacando como lo habían hecho hasta entonces y me dejaran tranquilo. Tuve que mantener esa falsa actitud por unos años. Era la época en que mataban por la espalda a los diplomáticos de Cuba en el exterior y a las personas que querían la coexistencia pacífica con el Gobierno Revolucionario, y en que las bombas explotaban casi todos los días. No era un escenario saludable. Con el tiempo, cuando las circunstancias cambiaron, volví a ser el que realmente soy y a defender las ideas que hoy defiendo, que son las mismas que defendí en Cuba en los años 70. ¿Hice bien en dar a entender por algún tiempo que había vuelto a ser enemigo de la Revolución? No lo sé ... pero estoy vivo.

14-. Háblame de tu obra literaria y de tu trabajo periodístico pasado y reciente. Tienes un libro publicado en Cuba, ¿cómo fue recibido por las autoridades cubanas, cómo por el público lector?

--He hecho periodismo desde que era casi un niño, pues con quince años tenía un programa radial diario por Radio Mambí –la de verdad, la de Prado, no la cloaca retórica ésta de Miami que dice llamarse lo mismo—y una revista, “Centinela”. Nunca he dejado de hacer periodismo, es mi vocación, mi compañero, mi alegría. Cuando escribo me transporto a otra galaxia.
Escribí “Los sobrinos del Tío Sam” en 1974 y se publicó, en La Habana, en 1976. Las autoridades cubanas tuvieron que haberlo recibido bastante bien ya que fueron ellas las que lo publicaron. Creo que nuestro pueblo lo recibió bien, también, pues en pocos días se agotó la edición. Después se publicó en varios países, como España México y Venezuela. Y se tradujo a otros idiomas, pero no recuerdo cuales.
Después, con los años, escribí dos novelas, “Danilo” y “Chapultepec”, esta última mexicana, pero como tengo el defecto de ser tan perfeccionista con mis escritos –aunque nunca lo logro—aún no las he publicado porque cada vez que vuelvo a leer algunos de sus capítulos les hago ciertos cambios. Ahora estoy escribiendo la novela “Akira Okura” sobre un niño japonés que sobrevive las masacres de Hiroshima y Nagasaki y va muriendo, lentamente, por los efectos de la radioactividad. También, desde hace unos años, he estado escribiendo sobre los muchos crímenes perpetrados por el gobierno de Estados Unidos desde 1783, libro al que he titulado “Imperio del Terror”, pero tendré que cambiarle el nombre porque el coronel Alejandro Castro Espín, hace poco, se me adelantó, allá en La Habana, y publicó un libro con el mismo título.

15-. ¿Qué piensas que suceda en el mundo dada las características negativas de las consecuencias en que nos hemos metido? ¿Cómo ves el vaso: medio vacío o medio lleno?

--El futuro del mundo tiene que ser, necesariamente, la desaparición del capitalismo porque es ese sistema el que ha ocasionado la gran crisis ecológica que amenaza la vida animal y vegetal en nuestro planeta en el insignificante espacio de un siglo, a lo sumo dos. O desaparece el capitalismo, o sea las guerras, la explotación, la esclavitud laboral, la extrema ambición, la anarquía en la produccion y el consumo, y el mal uso de los recursos limitados que nos ha dado la Naturaleza, o desaparece la propia Naturaleza. El vaso se ha de vaciar por entero si la humanidad no cambia de vaso.