Escambray: La Guerra Olvidada

Un Libro Historico De Los Combatientes Anticastristas En Cuba (1960-1966)

Enrique G. Encinosa

V

LA PRIMERA LIMPIA
UN RIO DE SANGRE CUBANA

Comenzaron en diciembre. Llegaron quinientos camiones cargados de milicianos y equipos. Trenes repletos de militares y material bélico. Helicópteros de reconocimiento. Carros blindados. Unidades de artillería ligera, equipados de morteros y bazookas. Autobuses requisados para transportar tropas. Cajas llenas de armas para las recientemente entrenadas milicias. Ametralladoras VZ y PPCha. Metralletas checas de nueve milímetros. Rifles M52 con bayonetas caladas. Fusiles FAL belgas. Tambores de balas, cajas de peines y ropa militar, equipos médicos y radios para comunicaciones.

El régimen castrista admite haber movilizado a sesenta mil hombres para la primera limpia del Escambray, aunque es posible, que la cifra real fuera aún mayor que la de la versión oficial. La inmensa operación, que duró desde finales de diciembre de 1960 hasta principios de marzo de 1961, tuvo como propósito la aniquilación total de una fuerza guerrillera, que con todas sus unidades combinadas, no llegaban al millar de hombres mal armados.

Para finales de diciembre, las unidades castristas estaban en sus posiciones. Todas las carreteras y caminos al Escambray fueron sellados, para evitar entradas de suministros o fugas de alzados. Pelotones de milicias fueron estacionados en fincas privadas, para evitar que los guerrilleros pudieran obtener comida. Miles de familias fueron desalojadas de sus bohíos, transportadas en trenes y relocalizadas en otras provincias, -ubicadas en pueblos cautivos como Sandino- para romper los nexos entre los insurgentes y el campesinado, que en su casi totalidad, apoyaba a los insurgentes. La relocalización. que se llevó a cabo en las dos limpias grandes fue muy parecida a la utilizada por el Genial español Valeriano Weyler en la lucha contra los mambises del Siglo XIX.

El Escambray siendo una zona muy rica, con miles de pequeños agricultores, contenía un gran número de simpatizantes de los alzados en la lucha contra el régimen. La técnica de relocalización fue designada para cortar el cordón umbilical que amarraba a los alzados con sus simpatizantes. Y la relocalización fue uno de los capítulos más crueles en la guerra. Centenares de familias perdían todas sus pertenencias y eran obligadas a vivir en lugares distantes bajo condiciones infrahumanas. Muchas de estas familias aún permanecen cautivas en

Pinar del Río, dos décadas después de que finalizara esta guerra. Bohíos y fincas fueron incendiadas por el ejército y la milicia. En las fincas donde algún miembro de la familia estaba alzado, la milicia llegó a matar a los caballos y burros para evitar que los infelices animales fueran utilizados, para transportar mensajeros o suministros a los alzados. Centenares de simpatizantes de las guerrillas fueron detenidos en pueblos y ciudades, interrogados sin cesar, para que delataran los movimientos de las unidades guerrilleras. En la Jefatura de Operaciones, un mapa de la zona fue dividido en cuadrantes. A cada cuadrante se le asignaron cinco batallones para operaciones de peine en la búsqueda de los alzados. Una vez que un grupo guerrillero era localizado, la milicia estaba bajo órdenes de establecer un triple cerco, rodeando al grupo de alzados en tres anillos. Rodeados de esta manera, los alzados tenían sólo dos opciones. La primera era romper el cerco por arriba estableciendo combate y tratando de cruzar los anillos antes de que los cercos se pudieran cerrar. La segunda opción era romper por abajo disolviendo la guerrilla, escondiéndose en cuevas o aromales, esperando pacientemente por varios días, hasta que las tropas, cansadas de no encontrar a nadie, retiraran el cerco. En ciertas ocasiones, la milicia llevaba a cabo un cerco proletario en la cual, centenares de milicianos pegados hombro con hombro, peinaban un campo lentamente, cubriendo todo pie cuadrado del terreno donde se movían.

Pese a estar atrapados en los montes, rodeados por huestes cien veces superiores y mucho mejor armadas, los guerrilleros no iban a ser presas fáciles. La mayoría de los alzados eran hombres del campo, duros guajiros que conocían muy bien los trillos y los senderos. Muchos de los alzados, eran veteranos guerrilleros de la lucha contra Batista, o ex-militares del régimen anterior. Mientras que miles de milicianos eran muchachos de ciudad, recién entrenados, sin experiencia militar y movilizados a la fuerza, los guerrilleros eran todos voluntarios, hombres que se habían alzado sabiendo el riesgo que incurrían. Los guerrilleros estaban dispuestos a pelear con la furia de animales acorralados.

El primero de enero de 1961, comenzaron las operaciones de la limpia. Hubo combates en Arroyo Malo, Jorobada, Cuatro ametrallado en la carretera de Manicaragua y el día 12 hubo en San Ambrosio, uno de los grupos guerrilleros bajo el mando de Osvaldo Ramírez tendió una emboscada. Una patrulla de dieciocho milicianos, sedientos tras una larga marcha, cayeron en la trampa Atrapados en un cruce de fuego, diecisiete milicianos murieron en unos segundos. Sólo un rezagado logró salvar la vida, huyendo antes de ser ametrallado. Los hombres de Ramírez recogieron diecisiete rifles checos M52 y se perdieron en la maleza, huyendo del cerco inevitable que vendría. Al día siguiente, otro grupo guerrillero atacó una cooperativa, matando a dos milicianos y capturando media docena de armas. El día 11 de enero, un camión del ejército, fue ametrallado en la carretera de Manicaragua y el día 12 hubieron combates en Guaracabuya y el Central Santa Isabel.

El día 17, en el Cerco del 38, próximo a Sancti Spíritus, un grupo de alzados fue rodeado por un contingente de milicias. Un guerrillero, el Negro Calderón, fue derribado por el plomo castrista. Otro alzado, Enrique Hidalgo, recibió veintiuna heridas en su cuerpo, la mayoría causadas por fragmentos de una granada. Un tercer guerrillero, Martín Castillo, cayó herido con la columna vertebral cercenada de un balazo. Sin poder moverse, Castillo. le pidió a Hidalgo que le dejara un par de granadas. Hidalgo, herido y sangrando, se alejó arrastrando los dos rifles. Castillo, recostado al hoyo de una mata de guano, le quitó las agujas a ambas granadas, apretando las espoletas en sus manos. Cuando la patrulla de milicias se acercó a él, Castillo gritó que se rendía, pero que no podía moverse por estar herido grave. Dos docenas de milicianos se acercaron al herido. Castillo soltó las granadas. La doble explosión destrozó al guerrillero, pero dieciseis milicianos cayeron muertos por la bola de metralla. Tres días después, Hidalgo, casi muerto, fue encontrado por otros alzados. Su cuerpo estaba cubierto por gusanos y sus heridas infectadas. Milagrosamente, Hidalgo sobrevivió y continuó combatiendo por casi dos años, hasta que murió en combate a finales de 1962, en La Botella.
En ese mismo mes de enero, una de las unidades de conbate de Osvaldo Ramírez le dio muerte a Conrado Benítez, un maestro rural que había servido de práctico y de informante de las milicias. Benítez, un convencido comunista, fue convertido por la propaganda del régimen, en el mártir más popular de las filas castristas. El régimen intentó hacer parecer a Benítez como una víctima inocente de las bandas guerrilleras. Las brigadas de adoctrinamiento marxista de alfabetización recibieron en nombre de Brigadas Conrado Benítez, y el maestro delator, fue alabado como un santo mártir de la revolución castrista.

En una comparecencia pública, Fidel Castro ofreció amnistía a Osvaldo Ramírez, diciendo demagógicamente: «Queremos convencerlos de que están equivocados, Y si Osvaldo Ramírez depone las armas, le garantizaremos su vida.» Desde la Sierra den Escambray, la respuesta fue típica del héroe guerrillero: «Si Castro desea hablar, que deponga las armas y suba al Escambray. Nosotros le garantizaremos su vida.» Respondió Osvaldo Ramírez, en una entrevista clandestina.
Mientras nos alzados peleaban desesperadamente, entre la dirigencia existía fricción. Evelio Duque había tenido problemas con Augusto, su contacto en La Habana. Augusto, dándose cuenta de que Osvaldo Ramírez era el líder guerrillero más dinámico de los alzados, le quitó el mando a Duque y envió un mensaje clandestino a Ramírez, ofreciéndole la jefatura total del Escambray. Augusto también envió cartas a los 7 jefes de columnas, pidiéndoles que se integraran bajo el mando único de Osvaldo. Por el momento, sin embargo, nos jefes guerrilleros estaban más preocupados por romper cercos y sobrevivir a las lluvias de metralla, que estructurarse bajo una nueva jefatura.

El día 28 de enero, aniversario den natalicio de nuestro Apóstol, José Martí, tres columnas guerrilleras se unieron para atacar en campamento de milicias de El Joyero. Después de un mes de intensos combates, las tres columnas juntas, apenas contaban con un centenar de hombres. En acción ofensiva, las guerrillas atacaron la Comandancia de las milicias. Sorprendidos por un intenso volumen de fuego, los milicianos se retiraron con treinta y dos bajas. Los alzados tomaron el cuartel y lo incendiaron, capturando en la acción, una docena de armas largas, cinco milicianos y provisiones.

Sin embargo, la victoria fue costosa, Ismael Heredia, en Látigo Negro, jefe de la Columna Cuatro, fue muerto en la refriega. Zacarías López y Edgar Cajitas fueron heridos en el combate.

Víctor Chiche Gámez, hasta el momento, segundo jefe de la Columna Cuatro, asumió el mando de la guerrilla después de la muerte de Heredia. Gámez dejó en libertad a los cinco milicianos capturados, ya que las guerrillas, siempre en constante movimiento, carecían de facilidades para retener prisioneros de guerra.
Combate tras combate, cerco tras cerco, las guerrillas comenzaron a ser diezmadas. A principios de febrero, 8 milicianos fueron muertos en un arroyo, por la explosión de una granada. Continuaron los combates en Matas de Café, Pico Tuerto y otros parajes den Escambray.

Evelio Duque y tres de sus hombres se pasaron semanas viviendo en una cueva, hasta que lograron abandonar clandestinamente al Escambray y obtuvieron asilo politico en la embajada de México en La Habana. Joaquín Membibre, Diosdado Mesa, Vicente Méndez y Edel Montiel, cruzaron la sierra rompiendo cercos, combatiendo hasta llegar a las cercanías de Santa Clara, donde contactos clandestinos, nos ayudaron a salir del país en barco. Montiel y Méndez, se encontraban heridos.

Días después del combate en El Joyero, la guerrilla de Chiche Gámez llegó a San Blas, donde buscaron comida y descanso.

Chiche Gámez, uno de nos pocos jefes guerrilleros en sobrevivir la guerra den Escambray, nos ha relatado no siguiente: «Llegamos a la finca de un hombre que le apodaban El Gallego y en hombre nos recibió amistosamente, diciéndonos que era amito de Nando Lima, un jefe de guerrillas muy valiente que operaba en esa zona. Le pedimos comida y regresó al poco rato con su padre y sus dos hijos chiquitos. Los cuatro lucían nerviosos. Sospechábamos que el hombre había traído a los muchachitos para que a él no le hiciéramos daño. Traían masas de carne de puerco fritas y plátanos sancochados. Las manos les temblaban. Le preguntamos si había mucha milicia en la zona, y en Gallego respondió que sí, que había mucha tropa por los alrededores. A cada uno de los muchachos, les puse un billete de veinte pesos en la camisa y dejé que nos cuatro se fueran. Aunque teníamos hambre, decidimos llevarnos la comida, en caso de que en Gallego nos hubiera delatado. Si nos iban a tirar un cerco, yo quería salir de San Blas antes de que nos cerraran en anillo.

»Mi táctica con nos cercos, era de romper por arriba y moverme rápido. Tan pronto empezaban a poner tropas en posición yo empezaba a moverme. No me gustó nunca esperar a que me rodearan.

»Cuando salimos de la finca, nos estaban esperando. Tenían ametralladoras VZ y rifles Garands y FALs belgas. Tratamos de romper el cerco de frente y no pudimos. Estuvimos tres horas moviéndonos dentro den anillo, intercambiando tiros, buscando un hueco por donde salir. A Faustino Peña, uno de los nuestros, le dieron cinco balazos. Murió a las pocas horas en en Hospital de Topes de Conlantes. A Lupe Tardío, una bala le entró por debajo del esternón, le viajó de lado por en cuerpo y se quedó al ras de la piel en la columna vertebral.

»Aquellos hermanos Tardío eran hombres durísimos. Eran seis, y cinco murieron en la lucha contra Fidel. El sexto, Genaro, cumplió presidio politico. Aquella bala que le entró a Lupe en el cerco de San Blas hubiera matado a cualquiera, pero Lupe siguió peleando. - Chiche,- me dijo -sácame la bala con el cuchillo.- Pero yo no me atreví. Pensé que Lupe iba a morir pronto, pero no, a él no lo mataron hasta varios meses después, en un combate en El Dátil.

»Nos dividimos en grupos y nos separamos. Lupe estaba conmigo, pero muy débil. Subimos a un paredón de piedras, con las balas picándonos al lado. Lupe se cansaba y me dijo que no podía seguir. Nos acostamos a descansar. Yo tenía calambres en las piernas._ de tanto correr y una herida en un pie. Mi arma era un fusil automático Browning, pesado, pero muy bueno. Disparé unas ráfagas y nos ripostaron con fuego de morteros. Por suerte, los artilleros no tenían experiencia y los proyectiles volaban sobre nosotros, explotando a nuestras espaldas.

»Moviéndonos nuevamente, nos escondimos en una cueva. La milicia se nos acercó tanto que podíamos escucharlos conversando. Otro tiroteo cercano, los atrajo y nos dejaron solos.

»Esa noche nos reagrupamos. Eramos unos cincuenta hombres, atrapados dentro del cerco. Al otro día cruzamos el cerco. Los milicianos estaban a diez o quince metros de distancia, uno del otro. Estaban usando helicópteros para patrullar la zona. Cada vez que el helicóptero pasaba por sobre la línea de milicia; todos ellos miraban hacia el cielo, observando el aparato. De dos en dos, nosotros aprovechábamos el momento, para atravesar las líneas. Todos cruzamos sin problemas, pero los dos últimos hombres, tuvieron que esperar dos horas a que el helicóptero pasara de nuevo.»

Roto el cerco de San Blas, los guerrilleros, incluyendo a Chiche Gamez, decidieron cruzar las líneas de milicias, en el área de Topes de Collantes, para moverse a una zona donde no hubiera saturación de tropas.

Y continúa Gamez su relato: «Llegamos a Collantes a eso de las dos de la mañana. Nos empezamos a arrastrar de barriga, hacia las líneas de la milicia. Eramos unos ochenta hombres. Se decidió que yo sería el primero en cruzar la línea, y que Ismael Rojas sería el último. Había niebla y nos arrastramos sin hablar. Cruzamos una cerca de alambre. En la avanzada, éramos tres hombres. Del otro lado de la cerca había un terraplén donde un miliciano dormitaba, recostado a un árbol. Uno de nuestros hombres. se puso en posición cercana al miliciano, listo para matarlo si despertaba. Yo puse mi fusil ametralladora Browning en el terraplén, apuntando hacia Collantes, donde estaba la milicia. Si venía un ataque, sería de allí.

»Los nuestros empezaron a cruzar. Los primeros dieciseis hombres pasaron sin problemas. Entonces, a uno se le enredó la mochila en el alambre. El sonido despertó al miliciano, y lo matamos de un disparo. La cosa se puso dura. Desde nos encontrábamos, vimos luces de jeeps y camiones, que salían de Topes de Collantes. Yo empecé a disparar ráfagas cortas con la Browning, mientras el resto de la tropa cruzaba el terraplén a todo galope. Cuando vi venir a Ismael Rojas, yo sabía que él era el último en la línea. Ambos nos adentramos en la maleza.

»Habíamos cometido un error. Los prácticos de nuestra tropa estaban todos en la punta. Cuando Ismael y yo cubrimos la retirada, nos encontramos en la retaguardia, sin práctico que conociera el terreno. Nos acercamos a un bohío, pero había un pelotón de milicia esperando. Intercambiamos disparos y nos retiramos.

»Ese día tuvimos una docena de encuentros. Por cada uno de nosotros, había cien de ellos. Cada vez que perdíamos un grupo, tropezábamos con otro. A cada momento se nos acercaban más. Una vez me quedé esperándolos. Venían corriendo, confiados de su superioridad numérica. Les vacié un peine de la Browning, y los paré en seco.

»Cuando se me acabó el parque de la Browning cogí una Thompson, con unos cuantos peines. Nuestro grupo grande se dividió en varios grupitos, y tratamos de cruzar los cercos por diferentes lugares. En una de esas vueltas, nos topamos de cerca a un grupo de milicianos. No nos podían ver, pero nos sentían. Nos gritaron. Yo sabía que el Batallón 121 de Regla era una de las unidades que nos perseguía, así que grité: ¡Somos del 21, del Batallón 121! Nos pidieron que nos acercáramos y comenzamos a caminar hacia ellos. Eramos cinco hombres. Cuando estábamos bien cerca, en un ángulo en que no nos podían ver, nos lanzamos a correr por una cañada hacia abajo, perdiéndolos. Inocencio Rojas, el hermano de Ismael, iba al lado mío. Yo llevaba la Thompson y Rojas una carabina M l. Al llegar al fondo de la cañada, nos topamos con una patrulla de milicianos armados de PPChas, una ametralladora con tambores cilíndricos, que cargaban setenta y dos balas. Nos dieron el alto, y Rojas trató de sacar su pistola del cinto. Una ráfaga lo destrozó. Cogió dieciseis o diecisiete plomos en el pecho. Yo me tiré al suelo, vaciando el peine de la Thompson sobre ellos. Siriaco Rubaldino, El Guineo y otro al que le decíamos El Mejicano, llegaron tirando plomo. La milicia se retiró y nosotros también. Seguimos por la manigua pero la cosa estaba mala. En la distancia se oían disparos de otros grupos, tratando de romper los cercos. Las únicas balas que me quedaban se las saqué al peine de la pistola y se la puse al peine de la Thompson. Me quedaba medio peine de balas. A Siriaco le quedaban 10 balas en el M3 y al Guineo unas cuantas balas en la pistola. El Mejicano ya no tenía nada.

»Al otro día tratamos de romper el cerco, y nos tirotearon. Ripostamos con un par de disparos, pero con las pocas balas que teníamos, sólo podíamos huir. Perseguidos, nos metimos en un potrero. Cuando no pudieron localizamos, le prendieron candela por las cuatro puntas. Salimos corriendo bajo una lluvia de balas. Después de perder al grupo que nos seguía, tuvimos un encuentro con otra patrulla. A mí, se me acabaron las balas, y a Siriaco, sólo le quedaban tres. Eso era todo. Cuatro atados y tres balas.

»Encontramos un hueco en la tierra y nos metimos parados, apretados hombro a hombro. La milicia peinó el área y nos pasaron a unos metros solamente. Después regresaron. Por segunda vez no nos vieron. Entonces, en el tercer peine, nos localizaron. Diez o doce rifles nos apuntaban. Siriaco, con tres balas en el M3 me preguntó: - Chiche, ¿qué hago?- Y yo le respondí: -Ya no hay nada que hacer

»Cuando nos llevaron a Topes de Collantes, donde habían muchos alzados prisioneros, escuché voces que gritaban desde una ventana: -¡Allí traen a Chiche Gámez!- Y por sobre todas las voces, escuché la voz de Nando Lima que me gritaba: -¡Chiche Gámez, los hombres mueren sólo una vez!

»Aquellas palabras de Nando me dieron fuerza, me hicieron sentirme listo para afrontar lo que me esperaba.»

En Topes de Collantes, los oficiales de Seguridad del Estado torturaban a los guerrilleros física y mentalmente. Algunos presos fueron fusilados con salvas, una tortura cruel, que destrozaba los nervios de hombres que llevaban meses bajo condiciones de máxima tensión. Otros presos eran interrogados desnudos, mientras que a otros, se les negaba alimentos, hasta que firmaran confesiones. Las peores de estas torturas eran La Represa y La Jicotea. Los guerrilleros, maniatados, eran lanzados a una represa de donde eran sacados del agua prácticamente ahogados. La Jicotea consistía en encerrar a un preso en un barril o lavadero, hasta que casi ahogado, era interrogado. Algunos infelices se ahogaron en estos crueles interrogatorios.

Para mediados de marzo, el ejército castrista comenzó a retirar a los miles de milicianos destacados en el Escambray. La Primera Limpia había terminado. Las unidades guerrilleras habían sido aparentemente destrozadas. Ismael Heredia había muerto en combate. Duque, Membibre, Méndez, Mesa y Montiel, habían logrado escapar al exilio. Carlos Duque, Zacarías López, Guillermo Pérez Calzada, Nando Lima, Ismael Rojas y Chiche Gámez, habían sido apresados. En las montañas de Las Villas, sólo quedaban algunos grupos dispersos.

Después de la Primera Limpia, los grupos aislados que quedaban, apenas ascendían a unos doscientos hombres en su totalidad. Pero esos grupitos aislados tenían dos factores a su favor.

El primer factor, era la experiencia. Los que habían sobrevivido a la limpia, eran ahora veteranos muy duros, guerrilleros muy jíbaros, curtidos en el combate y dispuestos a la guerra.

El segundo factor era un líder guerrillero que había sobrevivido milagrosamente a once cercos de la limpia: el legendario Osvaldo Ramírez.