Escambray: La Guerra Olvidada

Un Libro Historico De Los Combatientes Anticastristas En Cuba (1960-1966)

Enrique G. Encinosa

LOS CRISTALES SE RAJAN

Santa Clara, Las Villas, noviembre de 1963.

Eramos diecisiete en la celda. Nueve eran alzados que habían sido capturados el mes anterior. Nano Pérez y ocho de sus hombres. Todos eran guajiros, hombres de manos callosas y cuerpos pellejudos. Algunos eran hombres maduros y otros, muchachos jovencitos con barbas raídas.

Ramón Marín Espinoza abrió la boca y apuntó con un dedo grueso hacia un empaste.

«Mira esto,» me dijo, «un empaste nuevo. Cuando me cogieron en el cerco tenía una infección y me hicieron un empaste nuevo. Eso es una pérdida de tiempo y dinero. Me arreglaron para matarme.»

«¿Te van a fusilar?»

«Sin duda, compay. Me dejaron ver a mi madre y eso me puso contento. Pero me van a fusilar.»

Los carceleros trajeron la comida. Ocho platos de sopa de fideos. Nueve platos de arroz y picadillo con yuca. Los alzados recibieron los platos de picadillo. Nadie dijo nada. Todos sabíamos lo que aquello significaba. La Ultima Cena.

Después de comer vino la espera. Había poca conversación. El sol se perdió en la línea del horizonte y vino la noche. Entonces vino el escuadrón de fusilamiento, con sus M52 checos. El hombre a cargo del pelotón era un oficial de milicia de apellido Fardales.

Empezaron a llamar nombres. Uno a uno iban saliendo. Dos milicianos le amarraban las manos a las espaldas a los alzados. Sacando y amarrando. Sacaron a ocho y el único guerrillero que quedaba en la celda era Ramón Marín Espinoza.

El guajiro se paró frente a las rejas, mirando hacia los hombres armados, hacia los amigos amarrados. Su voz explotó como una granada, cortando la monotonía del proceso.

«¿Y a mí qué? No se olviden de mí.»

«No te preocupes, que a tí también te toca.»

«Sí coño, abran aquí, que yo también voy. No se olviden de mí.»

El guajiro recogió en sus manos gruesas una javita que contenía una frazada. Con un gesto brusco le tiró la frazada a uno de los ocho quedábamos en la celda.
«Aquí tienen» dijo, «donde yo voy a ir, eso no me hace falta.»

Y salió de la celda. Le amarraron las manos. Los nueve hombres estaban parados en fila. Uno era un muchacho muy joven, tendría dieciocho o diecinueve años. Un miliciano lo hostigó.

«,Te vas a rajar?» le dijo el miliciano al muchacho.

Hubo unos segundos de silencio. El muchacho miró tranquilamente al miliciano.

«Los cristales se rajan,» respondió, «los hombres mueren de pie.»

Eso fue todo. Todos se fueron y nos quedamos ocho hombres en la celda. Me senté en la cama y cerré los ojos. Aunque el paredón estaba muy lejos para oir los disparos, apreté los ojos y traté de olvidarme del eco de las explosiones silentes que retumbaban dentro de mi cabeza.