Escambray: La Guerra Olvidada

Un Libro Historico De Los Combatientes Anticastristas En Cuba (1960-1966)

Enrique G. Encinosa

EL GALLEGUITO VAZQUEZ

A la muerte le decían La Pelona, y La Pelona estuvo al acecho de El Galleguito Vázquez por mucho tiempo sin lograr empatarse con él.

Varias veces La Pelona estuvo bien cerca de Manolito Vázquez. Una vez fue atrapado en un cañaveral en un cerco proletario donde las balas eran disparadas a quemaropa. Manolín Rodríguez cayó muerto, el cuerpo cosido por una ráfaga, pero El Galleguito disparando su M 1 abrió una brecha y escapó a La Pelona corriendo por una zanja.

En otra ocasión, rodeado, se deslizó de nalgas por el fango suave de una ladera de cañada, hasta caer en un río crecido. Con las balas picando a su lado y sólo la cabeza de pelo claro con ojos verdes asomando sobre el agua, se le escapó de nuevo a los cazadores del LCB.

El Galleguito se alzó contra Fidel a los 20 años de edad en 1961. Ya era un veterano guerrillero. Había sido cabo del Ejército Rebelde en la lucha contra Batista. En su segunda vuelta se unió a otro ex soldado rebelde, Carlos González Garnica, fomentando juntos el primer núcleo de alzados contra el régimen castrista en los llanos del circuito sur de Las Villas, moviéndose activamente en las zonas de Cienfuegos, Roda y Cartagena, hasta el límite de Las Villas con Matanzas.

Después de la muerte de González Garnica, El Galleguito fue ascendido a capitán, jefe de guerrilla. Participó en numerosas emboscadas y se hizo legendario entre los grupos de alzados por sus numerosas burlas a La Pelona, por sus escapes audaces a situaciones que parecían imposibles de sobrevivir.

En San Juan de Los Yeras, su guerrilla fue diezmada en los primeros días de enero de 1963. Atrapado en un cruce de fuego en un campo arado, se batió con su carabina cubriéndole la retirada a sus hombres. Una bala de grueso calibre le abrió un zurro inmenso en el brazo derecho. Disparando a la zurda, rompió el cerco, arrastrándose bajo una lluvia de plomo. Solo, con el brazo destrozado, se arrastró por el monte. Tres días después del combate la guerrilla de Tartabull lo encontró en un matorral. La herida estaba cubierta de gusanos, la carne podrida alrededor de un hueso blanco que se veía claramente en la grieta ripiada por el plomo.

A El Galleguito lo llevaron a Santa Clara, vestido con una capa de agua que le cubría su mugriento uniforme. Eduardo Hurtado lo escondió por varios días, hasta que Enrique Ruano lo transportó a una clínica clandestina, donde médicos villareños operaron su ancha herida, salvándole el brazo.

Por varias semanas El Galleguito estuvo en Santa Clara, cambiando de escondites, esperando recuperarse de su herida para regresar al combate. Un día se aparecieron unos hombres que venían a llevarlo a otro escondite. Después de desarmarlo, los hombres arrestaron al herido, notificándole que ellos eran agentes de Seguridad del Estado.

El Galleguito sonrió amargamente y miró hacia la pistola que le acababan de quitar.

«¡Qué lástima!» dijo El Galleguito.

Lo llevaron a la cárcel de Seguridad del Estado en Santa Clara. Y empezaron los interrogatorios.

«¿Usted ahorcó a alguien?»

«Sí, como no,» respondió El Galleguito, «cuando yo estaba en el Ejército Rebelde ustedes me enseñaron que a los chivatos hay que guindarlos. Yo ahorqué chivatos, nunca a inocentes.»

Manolito Vázquez se mantuvo intransigente. Se negó a delatar colaboradores, a testificar en contra de otros alzados. Le pidieron pena de muerte por fusilamiento y aún así, casi se burla de La Pelona de nuevo. Había un fiscal que le debía la vida a El Galleguito y hubo intentos de conmutarle la sentencia de muerte en cambio por una larga condena carcelaria. Pero Seguridad del Estado intervino pidiendo la pena máxima para el joven jefe guerrillero.

La Pelona, que nunca pudo atrapar al capitán Manolo Vázquez en cercos y en emboscadas, por fín logró atrapar al guerrillero. El Galleguito murió fusilado ante un paredón ensangrentado en Las Villas, el verano de 1963.