Escambray: La Guerra Olvidada

Un Libro Historico De Los Combatientes Anticastristas En Cuba (1960-1966)

Enrique G. Encinosa

EL HUERFANO

Tenía la cara de un niño, pero los ojos estaban hundidos en el rostro, rodeados de oscuras ojeras. Miraba de un lado al otro constantemente, como un animal acorralado. Tenía una melena larga que le cubría el cuello de la camisa de labriego. No tenía más de diecisiete años.

Estaba armado de un rifle Garand. Dos cintos cargados de balas cubrían su vientre. En una cartuchera llevaba un revólver. Amarrado al muslo izquierdo llevaba un cuchillo largo en una funda de cuero. Sus pantalones tenían varios huecos y sus botas estaban rajadas, comidas por la humedad del monte.

Estaba agazapado al borde del sembradío. Me acerqué lentamente.

-¿Qué quieres?- le pregunté.

-Algo de comer. Hace cinco días que no como nada.

-Espérame en el matorral,- le dije, -yo vengo ahora.

Le llevé una cazuela con congrí, unas masas de puerco y un trozo de pan. Le dí un jarrón de agua y un cucharón grande para comer. Nos sentamos juntos a la sombra de una ceiba en el borde del sembradío. Empezó a comer rápidamente, las primeras cucharadas desapareciendo en su boca. Después hizo una pausa, tomó un largo buche de agua y dejó que las gotas de humedad le rodaran por la mejilla y el cuello, salpicándole la camisa.

-Gracias,- me dijo, -no hay nada peor que la sed y el hambre.

-Come lo que quieras,- le dije, --que mi hijo te está preparando un paquete de comida. Tengo unos chorizos y una barra de dulce guayaba que te puedo dar.

-Yo sabía que usted me iba a ayudar. Machete me dijo que usted era de los buenos.

-Ah, tú eres de los hombres de Machete.

-Por los últimos cinco meses. Antes de eso estuve con Cara Linda, pero a Machete le hacían falta prácticos de la zona, y Cara Linda me dió permiso para irme con él.

Siguió comiendo, más lentamente. Entre mordidas miraba hacia los matorrales y el sembradío.

-Eres muy joven,- le dije, -tu padre y tu madre deben estar muy preocupados por ti.

Los ojos dejaron de moverse. Me miraron.

-Mi madre murió hace tiempo. A mi padre lo fusilaron hace ocho meses.

-Lo siento. a

-Vivíamos en una finca cerca de Artemisa, el viejo y yo. Un día cuando llegué de la escuela, el viejo no estaba. Lo habían arrestado y se lo llevaron para La Habana. Cuando llegué a La Cabaña para verlo, ya lo habían fusilado. Nunca supe ni por qué lo mataron. Ni siquiera me lo dijeron. Tampoco re dieron el cadáver. Yo no sé ni donde está enterrado.

-Lo siento,- repetí.

-Cuando regresé a Artemisa, busqué en la finca un revólver viejo que teníamos en la finca y salí a buscar a un miliciano. Encontré a uno cuidando un almacén, con un rifle al hombro. Me le acerqué sonriendo y hablando y le metí un tiro en el cuello. Le quité el rifle y me fui para las lomas.

Pensativo, le pasó la mano a la culata del Garand.

-Y ahora, ésto es lo único que tengo,- me dijo.

Por un rato estuvimos sentados ala sombra de la ceiba, sin conversar. Mi hijo trajo los chorizos y la barra de dulce guayaba. El alzado puso la comida en una mochila vieja que llevaba.

-Si hay algo más que pueda hacer por ti...

-Ya hizo bastante. Voy a dormir lo que queda del día y por la noche me voy. Tengo que reunirmecon Machete.

Nos despedimos. Esa noche, bier tarde, escuché muchos disparos en la distancia. El combate duró vagos minutos.

Al amanecer, dos camiones pararon por la finca. Unos quince milicianos, sucios y sudados venían a tomar agua de mi pozo. Les pregunté qué había pasado. Uno deellos, un sargento, me indicó con un gesto de su brazo que mirara hacia la cama de uno de los camiones.

No tuve que acercarme. Desde donde yo estaba parado podía ver un par de pies cubiertos por botas rajadas por la humedad. A su lado, acostado de lado en la cama de metal, sobresalía la culata de un Garand.