Escambray: La Guerra Olvidada

Un Libro Historico De Los Combatientes Anticastristas En Cuba (1960-1966)

Enrique G. Encinosa

LA PELUA

Su nombre era Ramón Galindo, pero le decían La Pelúa por apariencia desgarbada. Todos los alzados vestíamos con ropa ripiada por el monte, oliamos a yerba y sudor agrio, teníamos melenas sombreros empercudidos por la tierra de los potreros.

Pero La Pelúa era algo excepcional. Su pelo estaba siempre engrifado. Su camisa, carente de botones, siempre estaba abierta. D botas de cuero rajado estaban amarradas con trozitos de cordel. Si pantalones tenían parches improvisados. Su mochila estaba deshile chada. La Pe/úa era el guerrillero más ripiado de toda la provincia de Las Villas.

Pero era un muchacho bragado. Cuando estaba con la guerrilla d Blanco Hernández se batió como un perro jíbaro. A la guerrilla 1 cayó atrás un batallón especial de combate dirigido por Gustavo Castellón, al que le decían El Caballo de Mayaguara. Era una fiera, i mejor de todos los oficiales de linea que tenía Fidel. El Caballo estuvo tratando de cercar a la guerrilla de Blanco Hernández por un semana, hasta que por fin los acorraló. Se formó una balacera violenta, y la guerrilla se disolvió, tratando de cruzar el cerco. La Pelú cruzó el triple anillo de tropas que los rodeaban y ya tenía camp libre para escapar, cuando vió a un alzado al que llamaban El Hué vilo caer herido dentro del cerco. La Pelúa dió media vuelta y regreso, al combate. Blanco Hernández había muerto, pero La Pelúa recogió a El Huevito y lo ayudó a escapar.

El Huevito tenía un balazo en la nalga, y apenas podía correr, pera La Pelúa le batió la retirada, batiéndose él sólo contra los cazadores de las tropas especiales. Después La Pelúa cargó con El Huevito tres días por el monte, perseguido por un enjambre de soldados, hasta que dieron con nosotros, con nuestra guerrilla en el borde del circuito su y el Escambray.

Cuando nos topamos con ellos, La Pelúa, emocionado, agotado, se sentó en una piedra a llorar, contento de haber podido salvar al amigo. La herida no era seria, pero sí incómoda, y había botado mucha sangre. La limpiamos y los llevamos a nuestro campamento.

Esa tarde el Congo Pacheco comenzó a afilar una navaja para picar la herida y sacar la bala. El Huevito se asustó cuando vió la navaja.

-Eso no,- dijo el herido, -si me pasas la navaja te prometo que voy a desertar.

El Congo se rió y guardó la navaja. La herida se curó, y El Huevito se quedó con el plomo enterrado en la nalga.

Un día cuando fuimos a recoger provisiones a un lugar que se llamaba El Tenedor, La Pelúa conoció a la hija de uno de nuestros hombres en la línea de suministros, una guajirita muy linda que se llamaba María Rosa. Aquello fue amor a primera vista. Regresamos al campamento y La Pelúa sólo hablaba de María Rosa. Y dió la casualidad que ella también estaba interesada en La Pelúa, ya que cada vez que uno de nuestros hombres visitaba la finca, María Rosa preguntaba por Ramón Galindo.

Todos en la guerrilla sabíamos de las ilusiones románticas de La Pelúa. Todos relajeábamos al muchacho de Cumanayagua, y él, con su buen humor, también se reía. Todos sabíamos que siempre habría un voluntario para ir a recoger provisiones a El Tenedor.

Juan Felipe Castro, conocido por Sancti Spíritus era por aquel entonces el jefe de nuestra guerrilla. Un día nos reunió para informarnos que había una misión que cumplir.

-Varios hombres van a ir conmigo,- dijo el jefe, -que tengo gestiones que hacer y contactos con los cuales reunirme.

-¿Vamos por casualidad a ir por El Tenedor?- pregunté yo, sonriendo con malicia.

-Sí. Es la primera parada.

La Pelúa se pasó el resto de la tarde preparándose para el viaje. Zurció los huecos de los pantalones. Se peinó la bola de pelo. Obtuvo prestados cordones nuevos para las botas. Se afeitó con esmero. Al anochecer estaba listo para marchar. Ahora era el mejor vestido de la tropa. Parecía un cadete.

Sancti Spíritus reunió a los hombres y escogió a varios para la jornada. La Pelúa no era uno de los seleccionados.

-Soy voluntario, capitán,- dijo La Pelúa, -no quiero quedarme en el campamento.

El capitán de nuestra guerrilla, conteniendo la sonrisa, inspeccionó al pulcro guerrillero.

-Sí, puedes ir. Ponte en la punta de la patrulla.

Aquella noche caminamos por aquellas lomas más rapido que nunca. La Pelúa, en la punta de la tropa, estaba marcando el paso a todo galope. Nosotros, choteándolo, inferimos un par de veces que debíamos parar a descansar, hacer la marcha en dos noches, pero La Pelúa protestó.

-Miren,- nos dijo La Pelúa, -cuando lleguemos a El Tenedor, no me digan La Pelúa. Yo soy Ramón Galindo. Quiero que me llamen por mi nombre.

Al otro día vino el ansiado encuentro. Cuando nos encontramos con Maria Rosa y su familia, La Pelúa, haciéndose el hombre interesante, estaba escondido en unos matorrales cercanos. Maria Rosa intercambio saludos con la tropa, buscó la cara conocida, y no la vió.

-¿Y La Pelúa no vino?- preguntó la muchacha.

Ante nuestras carcajadas, Ramón Galindo salió del matorral, tratando de lucir lo más formal posible.

La Pelúa y Maria Rosa se hicieron novios. Se vieron varias veces, pero el romance no duró mucho.

Una tarde la guerrilla fue cercada en un cañaveral. La milicia le prendió candela por las cuatro puntas al campo de caña. Nosotros salimos por donde soplaba el viento, cubiertos por el humo. Es un truco guerrillero. Caminamos un tramo protegidos por el humo, alejándonos del campo ardiendo.

Pero el viento era rastrero. Hubo un cambio de viento y nos quedamos al descubierto en un campo recién arado. No había cobertura. La Pelúa brincó una cerca y se atrincheró en una piña de ratón, cubriéndose como podía. Algunos logramos escapar bajo una lluvia de plomo. Al final sólo quedaba uno de nosotros en el campo arado, herido grave. La Pelúa brincó la cerca de nuevo y corrió por el campo arado, disparando su rifle contra la milicia que se acercaba. Cargó al herido y comenzó a correr hacia nosotros. Una bala lo derribó, pero Ramón se volvió a parar y cargó nuevamente al herido. Caminando dando tumbos, volvió a caer, pero se paró por segunda vez. Estaba tratando de recoger al herido cuando una ráfaga los alcanzó a ambos. La Pelúa fue derribado por tercera vez y su sangre mojó la tierra recién arada.

Aquella fue una noche triste. Maria Rosa perdió a un novio, pero Cuba perdió a un muchacho desgarbado que fue uno de los alzados más puros y valientes del Escambray.