Escambray: La Guerra Olvidada

Un Libro Historico De Los Combatientes Anticastristas En Cuba (1960-1966)

Enrique G. Encinosa

EL ESCOPETERO

Yo tenía una escopeta de doble boca, una Remington calibre 16 que era la mejor arma que había en todo el Escambray. No necesitaba balas. Disparaba cualquier cosa. Cuando las pocas balas que tenía se me acabaron, comencé a inventar. De un caldero viejo y de alcayatas de una cerca saqué miles de pedacitos de metralla. Rellenaba los cartuchos vacíos con la metralla y estaba listo para el combate. Aquella escopeta pateaba como un mulo y tenía un poder expansivo tremendo. Una vez le disparé a un miliciano que estaba escondido dentro de un bohío y la metralla astilló toda la madera y arrancó la puerta de cuajo. El miliciano se rindió en seguida. Pensó que le habían disparado con una bazooka.

El que no se me olvida era un mensajero del ejército que emboscamos en la carretera a Seibabo. Venía en una motocicleta checa con con una alforja de documentos colgando de un hombro y una metralleta checa del otro. Lo vimos venir de lejos y El Zurdo y yo corrimos hacia la carretera para interceptarlo.

Me puse en la punta de la emboscada detrás de una ceiba. El Zurdo, con su ametralladora PPCha se escondió en unos arbustos cercanos, detrás de mí. Decidimos que yo sería el que disparara, y si fallaba, entonces le tocaría a El Zurdo abrir fuego. Estábamos en un recodo de la carretera muy propicio para una emboscada.

Escuché el sonido del motor, como un murmullo que se acercaba. Me arrodillé junto al tronco del árbol. Apreté la culata de la escopeta contra mi hombro, apuntando la doble boca hacia la carretera. La motocicleta con su jinete apareció frente a mí, inclinándose al doblar por la curva del recodo. Cuando se comenzó a enderezar, le vacié las dos bocas en el medio del cuerpo.

El hombre saltó por el aire, retorciéndose, rodando por la carretera, dejando un hilo largo de sangre. El cinto con los peines de la metralleta se desprendió del cuerpo, quedando en el medio de la carretera. La alforja estaba ripiada por la metralla, los papeles esparcidos. La metralleta, manchada de sangre, reposaba inmóvil al lado del cinto de balas. La motocicleta continuó sola por varios metros, cayéndose en una cuneta.

Cargué mi escopeta de nuevo. El Zurdo recogió la metralleta, el cinto y la alforja. Yo me acerqué al cuerpo. Era un hombre joven, bien afeitado, con un bigote grueso. Estaba acostado de lado, con los ojos abiertos, sin ver nada. Su camisa verde olivo estaba mojada de sangre. La barriga estaba abierta de lado a lado. Por la grieta de la herida salía arroz amarillo, cubriendo los bordes de la piel rajada, salpicando de comida la carretera.

Desde ese día, cada vez que como arroz amarillo me acuerdo de aquel hombre.