Escambray: La Guerra Olvidada

Un Libro Historico De Los Combatientes Anticastristas En Cuba (1960-1966)

Enrique G. Encinosa

LA VIEJA ANDREA

Tiene casi un siglo. Ya los ojos no ven bien y tiene mucha sordera. Su piel está manchada por la edad, pero la voz es firme, y la mente está aún intacta, los recuerdos claros, las imágenes aún nítidas.

Está sentada en el portal de su casa en Hialeah, meciéndose lenta. mente. Su voz habla sobre su finca en el Escambray, y sobre Toma. sito San Gil.
«Mi finca era una tacita de oro,» dice la vieja, «y la trabajaba ye misma. Tenía dieciocho caballerías de tierra y veinte y cinco emplea dos. Mis ochenta vacas producían mucha leche y más de veinte libra: de queso diario. Tenía trescientas gallinas, y puercos de cría, matas de frutas, y siembras de maíz y tabaco. Teníamos agua caliente, planta eléctrica propia y una casa de curar tabaco. Y todo eso lo hicimos coa nuestro sudor, y a los setenta años yo todavía montaba a caballo 3 trabajaba los siete días de la semana.

»Mi finca estaba pegada a las Llanadas de Gómez y el Río Caracusey. Cuando empezaron a traer milicianos me pusieron quince en L - finca. Quince, y se pasaban el día jugando dominó. Me los pusieror para que los alzados no vinieran a buscar comida. Pero los alzado! venían de noche. Y a Tomasito y sus hombres yo le daba lo mejor que yo tenía. Con mis monteros les mandaba latas de galleta, pomo; de dulce de guayaba, y masas de puerco fritas. Muchas fueron la veces que yo misma les llevé alimentos; yo, montada en una burn negra que era mía. Y hasta sueros les puse a esos hombres en L manigua.

»Una vez los cercaron, pero ellos escaparon por unas zanjas después cruzaron el río. El Caracusey estaba hinchado. Uno lo cruzo a nado y amarraron una soga a un árbol y así cruzaron todos agarrándose a la soga. Perdieron las mochilas. Sólo tenían los rifles Llegaron a mi finca mojados y con hambre. En ese momento no había milicianos de posta en la finca. Yo recogí ropa entre mi empleados y les dimos pantalones, camisas, y medias. Picamos varia frazadas para hacer dos de cada una. Y les preparamos comida. Arroz con pollo y plátanos. Y al otro día se fueron unas horas antes de que llegara la milicia.

»A Tomasito yo lo quería mucho. Era jovencito y chiquito de estatura, pero era un león de valiente, y muy bueno. Su lugarteniente era Mandy Florencia, un hombre muy buen tipo. Tenía veinte y siete años y había sido farmacéutico, pero dejó a su familia para irse a la manigua.

»Tomasito venía mucho por mi finca. Y la Niña del £scmnbray también. Ella padecía de la garganta y yo siempre le tenía guardada medicina. Una vez yo fuí a Remedios y les llevé cartas a los Munso, la familia del esposo de La Niña. Y cuando regresé, traje doce rosarios de la Iglesia, rosarios que habían sido bendecidos por el Papa. Y se los llevé a La Niña.

»Una vez La Niña y Manolo estuvieron escondidos en mi finca por quince días. Y cuando aquello los milicianos estaban allí. Ellos dos estuvieron metidos en un matorral al lado de una ceiba grande que estaba cerca de mi casa. Ellos estaban cerca de un chiquero de puercos y uno de mis labriegos les llevaba comida. En un cubo había'. basura para los puercos y el otro cubo tenía comida y agua para La Niña y Manolo. Y a unos metros de los milicianos se pasaron más de dos semanas.
»A Tomasito lo mataron frente a mi finca,» dice la vieja Andrea, y su voz suena muy triste, «Y muchas veces les dije: -Muchachos, váyanse, que los comunistas los van a matar. Ellos tienen muchas armas y muchas balas.- Y Tomasito me decía: -No, Andrea, aquí nos quedamos.- Y allí se quedaron. Los rodearon y eran miles. Los milicianos empezaron a pasar frente a mi finca a las nueve de la mañana, y a las tres de la tarde todavía se veían tropas en el terraplen. Eran miles.

»Toda esa noche estuvieron fajados. Y murieron trece de los alzados, entre ellos Tomasito y Mandy. Y murieron veinte y siete milicianos esa noche. Y eso fue frente a mi finca. Al amanecer, mis labriegos vieron los cadáveres. Uno de los hombres de Tomasito era un negro muy valiente de Caracusey. Ese fue el último en morir. Lo capturaron herido y se murió esperando a los helicópteros, diciéndoles insultos a los milicianos. Y después vinieron los helicópteros y se llevaron los cadáveres. Y ni se los dieron a los familiares para póder enterrarlos.

»Y a los tres meses todavía se veían bien claras, las manchas de los coágulos de sangre en la yerba y en las piedras.»