Los Caminos De Guerrero
Luis Posada Carriles

1: Cómo llegué a Venezuela El Contrato

Miami, septiembre de 1969

Estoy en la barra del restaurante Centro Vasco. Tengo por costumbre tomar un daikiri antes de almorzar. Es temprano y no ha llegado ninguno de mis amigos. El restaurante está vacío. Mis pensamientos se centran en las actividades que sólo hace un mes cesaron. Las operaciones tendientes a la liberación de Cuba que efectuaba la Agencia Central de Inteligencia estaban muy disminuidas, llegando al punto que ya no se hacía prácticamente nada. Atrás habían quedado las operaciones paramilitares, los contactos dentro de la isla, los enterramientos de armamento, las infiltraciones y toda esa actividad que mantenía viva la esperanza de los cubanos que trabajábamos para la Agencia. Gradual e inexorablemente se iban cerrando las bases de los cayos en La Florida y gradual e inexorablemente estaban desmovilizando a todos los cubanos que trabajaban para la CIA. A mí me había llegado el turno hacía muy poco tiempo. Todavía no me acostumbraba al cese del viaje casi diario de ochenta millas de recorridos desde Miami hasta la base de operaciones, los aburridos y frecuentes entrenamientos, casi siempre nocturnos, con las lanchas rápidas de 23 pies de eslora, equipadas con potentes motores out-board in-board y un radar de doce millas que siempre se rompía. Hacía mucho tiempo, fuera y dentro de Cuba, que no veía ni siquiera las armas de protección de las embarcaciones, una ametralladora calibre .50 o un recoiless (cañón sin retroceso) de 57 mm. ¿Habían los americanos abandonado todo esfuerzo para recuperar nuestra amada patria? El exilio había también caído en su peor momento. Muchos hombres valientes y decididos habían abandonado la lucha y, resignados ante la impotencia, se dedicaban a negocios particulares o a trabajar para obtener el sustento de sus familias. Me tomé el resto del daikiri y pedí otro. Aquel día tomé una resolución que afectaría decisivamente a mi familia y a mi propia vida: jamás abandonaría la lucha, jamás me daría por vencido.

El restaurante comienza a llenarse. Un hombre elegantemente vestido se sienta en la banqueta contigua a la mía. Pide un whisky de marca en las rocas y, sin más preámbulo, me pregunta:

-¿Es usted Luis Posada?

Le contesté que sí y, a continuación me dice:

-Me llamo Erasto Fernández, soy venezolano y pronto seré nombrado Jefe de la Policía Política en mi país. Ando en busca de algunos elementos que me ayuden a tecnificar el Cuerpo y me aseguraron que usted tenía conocimientos y que podría trabajar con nosotros. Defendemos la misma causa, el comunismo trata de tomar el poder por la fuerza de las armas en Venezuela, ya ha habido desembarcos de cubanos en nuestras costas y tenemos informaciones de que se están preparando otros más. Ademas, sé que usted está sin trabajo.

-¿Quién le dijo eso?

-Un mutuo amigo, que trabaja en la Agencia, me dijo que estaba bien calificado y que seguramente podía contar con usted.

-Le dijo bien, pues estoy interesado en su proposición.

Dos semanas después, me encontraba rumbo a Caracas, en un avión de la línea aérea Viasa. Mi esposa Nieves y mi pequeño hijo Jorge se me unirían en Venezuela dos meses más tarde.

Ami llegada me incorporé a mi trabajo. Me encontré con una policía represiva, mal pagada, con poco o ningún conocimiento de su trabajo, con patrullas viejas, malas comunicaciones y armamento inadecuado, enfrentando a un enemigo decidido y dispuesto a todo, que había recibido entrenamiento en las escuelas de subversión cubanas. Sólo la alta moral combativa del Cuerpo y el apoyo que recibía del gobierno, de los militares y del poder judicial, que autorizaba cientos de allanamientos diarios y no se preocupaba mucho por los derechos legales de los detenidos, hacían posible los éxitos de la policía contra las guerrillas comunistas que azotaban el país. La guerrilla secuestraba, asesinaba y utilizaba todo tipo de terrorismo para desestabilizar al gobierno. La policía, cuya fuerza principal estaba en los delatores, detenía, allanaba e interrogaba utilizando los métodos más duros de persuasión. Como dice el dicho: "Se estaba jugando al duro y sin careta".
Los encuentros entre la DIGEPOL (Dirección General de Policía) y la guerrilla urbana eran frecuentes. Casi todos los días había tiroteos con el inevitable saldo de muertos. A los cinco días de háberme incorporado al Cuerpo, hubo un tiroteo en la Urbanización Chacaíto, donde murió un guerrillero de nombre Félix Farías y se capturó a un cubano llamado Manuel Espinoza Díaz; por delación del cubano se ubicó en Petare una casa donde estaban escondidos Luis Vera Betancourt y el Loco Fabricio, que también murieron al enfrentar a la policía. En la casa donde se capturó a Espinoza Díaz se incautó un lote de armas, placas de carros y uniformes militares. Entre las armas incautadas había dos subametralladoras M-3 con silenciador que, en seguida. reconocí como armas de la Agencia. Envié los seriales de las mismas a Miami y pude saber que éstas habían sido requisadas por el gobierno de Cuba a un equipo de infiltración de cubanos agentes de la CIA, y enviadas con los cubanos que se habían introducido en el país. Las clases que impartía en la improvisada academia me dejaban tiempo para incorporarme a las operaciones policiales en contra de los subversivos. La captura de un jefe guerrillero, de nombre Lino Martínez, auxiliado por dos cubanos que trabajaban conmigo, Gustavo Ortiz Fáez y Rafael Tremols, me dio cierta fama entre los funcionarios. Formamos un pequeño grupo de captura, al que se nos incorporó Iván Sánchez, que tuvo bastante éxito.

Los Servicios Especiales

De la DIGEPOL pasé a formar parte de un equipo especializado en el Ministerio de Relaciones Interiores, conocido como Servicios Especiales. Este equipo, dirigido por el Dr. Remberto Uzcátegui, rivalizaba con la DIGEPOL, aunque su misión era la de efectuar investigaciones especiales para el Ministerio. Al grupo, formado por doce funcionarios, se le conoció más tarde con el sobrenombre de "los doce apóstoles".

Con el cambio de gobierno, asume la Presidencia de la República Rafael Caldera; contratan especialistas franceses y norteamericanos para instruir a los funcionarios de los Servicios Especiales, que ya alcanzan el número de unos 150. Se adquieren equipos sofisticados para interceptar teléfonos y otros auxiliares de la investigación como cámaras, micrófonos, equipos de comunicación, etc. Nuestros efectivos se tecnifican.

La DISIP

La DIGEPOL es sustituida por un Cuerpo más investigativo y menos represivo denominado DISIP (Dirección de los Servicios de Inteligencia y Prevención) cuyo director era José Gabriel Lugo.

Al principio, todo marcha bien; pero surge la rivalidad entre la DISIP y los SE (Servicios Especiales).

Por fin, el Ministro del Interior decide fundir los dos Cuerpos y todos los funcionarios de los SE se incorporan a la DISIP. De nuevo, cursos de capacitación para desarrollar con más profesionalismo nuestras posiciones. Esta vez son los Servicios Secretos de Israel los que imparten enseñanza sobre operaciones defensivas. Se tecnifica la Policía, disminuyen los interrogatorios "duros". Se crean departamentos especializados para manipular y controlar informantes, departamentos de analistas. El Dr. Gabriel Gazzo, subdirector del Cuerpo y el hombre más capacitado con que cuenta la policía venezolana, me encarga que desarrolle los grupos de vigilancia estática y dinámica. Este departamento, que siempre estuvo a cargo del comisario Hernán Reyes, creció y progresó prestando un excelente servicio a las investigaciones y a la búsqueda de información. Las intercepciones telefónicas, la instalación de micrófonos ocultos, la cerrajería y la fotografía operativa, servían de apoyo tanto a la investigación, como a las operaciones. La adquisición de vehículos y motos, así como redes de comunicación, sirvieron para desarrollar un patrullaje eficiente sobre todo por la ciudad de Caracas. Se exigía a los funcionarios un aspecto presentable y vestimenta adecuada. Se fundó una academia de adiestramiento y era necesario aprobar los cursos para las promociones y ascensos.

Operaciones Especiales

Después de los cursos se me nombró Comisario. Siempre estuve a cargo de divisiones operativas y, la mayor parte del tiempo que permanecí en la DISIP, estuve trabajando en contra de la subversión de izquierda, a excepción de algunos trabajos especializados en contra de los funcionarios de la Embajada Soviética, recién instalada en Venezuela. Como ejemplo de estos trabajos especiales puedo citar cuando se me envió a Trinidad y Tobago, en plena revolución, para apoyar al gobierno de Erick William en contra de un intento de golpe militar con ramificaciones del "Black Power", movimiento infiltrado por el comunismo internacional. Otro suceso digno de resaltar, que también clasifica dentro de las operaciones especiales, fue el trabajo que realizamos en contra de los colombianos en Roma, Italia. Desde hacía muchos años había una disputa territorial entre Venezuela y Colombia sobre los límites del Golfo de Venezuela. Las delegaciones de ambos países se reunieron en Roma para discutir sobre la limitación del golfo. El vicecanciller Zambrano Velazco fue el encargado de dirigir el grupo de negociadores venezolanos. Los colombianos habían tratado, con éxito relativo, de obtener información en la Embajada de Venezuela en Roma, reclutando a un informante que pronto fue detenido por nosotros. Después de controlar la fuga de información y desarrollar un sistema de seguridad de los documentos que pasaban por la Embajada y que debían ser transmitidos a la Cancillería de Caracas, me trasladé a Roma con un grupo de diez funcionarios especialistas. Interceptamos los teléfonos de la Embajada de Colombia, de las habitaciones de los negociadores en el hotel King y en el hotel Ambassatore. También instalamos micrófonos ocultos, que nos permitían obtener información sensible sobre este tópico. Los funcionarios de la División de Medios realizaron el trabajo vistiendo uniformes de la SIP (Compañía de Teléfonos de Italia). Con anterioridad habíamos enviado un funcionario a hacer una pasantía en los servicios telefónicos italianos y así pudimos saber cómo eran las operaciones de la empresa. El Inspector Jefe, Camilo Cuzzatti, cuyos padres eran italianos, hablaba perfectamente el idioma y nos fue de mucha ayuda. Los subcomisarios Hernán Reyes, Arnoldo y Alí participaron en esta operación, que se prolongó por varios meses.

Mi trabajo

Venezuela es un país muy rico y el dinero bien empleado trae tecnicismo y adelanto. La policía había mejorado increíblemente. Cursos en el exterior, instructores bien pagados, más la adquisición de costosos pero altamente eficientes equipos para interceptar teléfonos, para "sonorizar" habitaciones con transmisores ocultos, la adquisición de patrullas, motos y, sobre todo suficientes recursos económicos para establecer redes de colaboradores en hoteles, restaurantes, vehículos de alquiler, etc., apoyaban nuestras operaciones, situando a determinado "cliente" en una habitación de hotel previamente "sonorizada" o dirigiéndolo a una mesa "trabajada" en el restaurante. El más costoso, pero también el más fructífero de los departamentos, era el de "control y manipulación de fuentes vivas" o informantes. Las áreas de interés del Cuerpo, como eran los grupos subversivos de izquierda, los militares de tendencia golpista, grupos políticos y financieros, determinados personajes y cualquier sector de la población que resultara interesante para el gobierno, eran penetrados e infiltrados por nuestros agentes que reclutaban, la mayoría de las veces, personas cercanas o en íntimo contacto con nuestro objetivo.

Muchas de estas operaciones estuvieron bajo mi control. Un grupo de mujeres bellas e inteligentes y también muy bien pagadas, conocidas en nuestro medio como "Operación Jardín" porque todas tenían nombre clave de flores, como Rosa, Azucena, Margarita, etc., infiltraron los lugares más increíbles en la búsqueda de información. Había suficientes recursos para que, cuando la información requerida lo ameritara, se realizaran viajes y se celebraran costosas fiestas y recepciones, donde el licor y la camaradería bajaba la guardia y soltaba la lengua.

Sin embargo, una idea fija ocupaba mi mente: combatiría hasta el final a los enemigos de mi patria, en aquel tiempo los cubanos castristas y sus aliados los rusos. Con la capacidad operativa y financiera que me daba mi alta posición en el Cuerpo, pude desarrollar operaciones de captura contra Arnoldo Ochoa Sánchez y Leopoldo Cintra Frías; contra Tomasevich, en la actualidad general, y otros cubanos que habían penetrado el país y que, junto a los guerrilleros venezolanos, esparcieron el odio, sangre y terror tratando de derrocar el gobierno legalmente constituido. Mandé a interceptar los teléfonos de la agencia noticiosa cubana Prensa Latina, de su director y agente de la DGI (Dirección General de Inteligencia) cubana, un chileno de apellido Pineda y pude clasificar a algunos periodistas venezolanos que le hacían la corte al régimen de La Habana.

También trabajé con intensidad y ardor contra los rusos recién instalados en el país. Bajo mi control estuvieron las operaciones que se efectuaron contra el oficial de inteligencia de la Embajada, Gravichenko. Este oficial estuvo penetrado por un agente nuestro por más de dos años. Por esta penetración pude saber la petición de información sobre mis actividades y un estudio sobre mis costumbres que le hicieron al ruso los servicios de inteligencia cubanos: éste se lo transmitió a nuestro agente venezolano, quien a su vez me lo transmitió a mí.

Solamente hay una razón para que un servicio de inteligencia como el cubano solicite información sobre la "rutina" o "costumbres" de determinada persona: una "operación de castigo": es decir, un atentado con miras a la eliminación física.

Muchos esfuerzos había puesto Cuba en el entrenamiento e infiltración del grupo subversivo Punto 0.

Poco duró la esperanza cubana, cuando sus efectivos fueron muertos o encarcelados al enfrentar nuestras fuerzas, con la consecuente eliminación de la unidad guerrillera. Ahora, Cuba pretendía pasarme el recibo de mi actuación en estos sucesos, atentando contra mi vida.

La DISIP se estructuraba en Divisiones: el Cuerpo se hacía más efectivo y cada vez las operaciones eran más profesionales. Los funcionarios policiales adquirían destreza y experiencia. También el enemigo había mejorado, Las guerrillas eran más reducidas y, por lo tanto, más difíciles de detectar. Su arma principal era la emboscada a las fuerzas del ejército y operaciones con fines económicos, como los secuestros de ganaderos. Los principales jefes guerrilleros, como Douglas Bravo y Carlos Betancourt, bajaron de las montañas a las ciudades. Maestros del clandestinaje, habían sobrevivido a la persecución y al asedio de los cuerpos de seguridad por varios años. Los lugares donde vivían y sus traslados eran conocidos por pocos y escogidos elementos, cuya lealtad estaba a toda prueba.