Los Caminos De Guerrero
Luis Posada Carriles

Prefacio

Fueron pocos los cubanos que percibieron en 1959, que una larga noche de silencio, delación, terror, penuria y miedo envolvería a Cuba por décadas y cambiaría radicalmente las vidas de más de 10 millones de sus habitantes.

Antes de que la lucha abierta y casi unánime de los cubanos contra la dictadura de Batista entrara en su fase final, yo me contaba entre esas personas que había vivido hasta entonces la vida normal del profesional, enteramente dedicado a su trabajo y al cuidado de una joven familia recién constituida. Me interesaban los asuntos públicos y la conducta de los gobiernos como un ciudadano más, sin sospechar siquiera que, en algún momento, tendría que abandonar esa cómoda e indiferente posición y abrazar los más insospechados caminos del peligro, el sufrimiento, la incertidumbre, el sacrificio y la lucha personal a cambio de seguirme llamando un hombre libre.

La lucha contra Batista se desarrolló al principio en el campo puramente político, a través de grandes polémicas en la prensa y encendidos debates en los foros públicos, hasta llegar al suicidio de Eduardo Chivás frente a las cámaras de televisión, el ataque de Fidel Castro al Cuartel Moncada el 26 de julio de
1956 y, finalmente, el desembarco del Granma con el grupo de revolucionarios que, encabezados por los hermanos Castro Ruz y el "Che" Guevara, zarpó de México.

Por la fuerza incontenible de las cosas y la sucesión de hechos, que se precipitaban uno tras otro, sacudiendo la conciencia nacional sin excepción, muchos ciudadanos, que jamás pensamos involucrarnos en una lucha frontal contra un gobierno, y menos en la forma de una insurrección armada, de repente nos encontramos participando en las acciones: así lo hice en la medida de mis posibilidades y con el uso de las escasas aptitudes que hasta entonces poseía o creía poseer. Realmente, muchos hombres no sabemos lo que somos capaces de hacer, ni cuánto valor personal podemos demostrar en determinados momentos, si no nos ponemos a prueba.

Derrocado Batista y triunfante la revolución, la frustración y el pánico vinieron después. Era una larga historia de terror y sufrimiento de un pueblo que, como el cubano, creía estar haciendo una revolución "tan cubana como las palmas" y que resultó ser la más grande estafa política del siglo, incluso a nivel mundial; significó el entronizamiento hasta hoy de una tiranía que se niega a aceptar su fracaso y a rendirse ante las evidencias de su existencia antihistórica. Muy pronto se percibió el desarrollo de una tiranía más nefasta y sangrienta que la anterior: los fusilamientos, el entreguismo a la Unión Soviética, el militarismo desmedido, el control policial, la prisión para los enemigos del sistema, los comités de vigilancia, todos los horrores del nuevo régimen, hicieron que de nuevo la juventud, los estudiantes y una parte del pueblo en general, comenzaran a reunirse y a conspirar para encontrar soluciones a la nueva crisis. De nuevo los cubanos resistían en las calles, de nuevo se escuchaban las explosiones de las bombas y el sabotaje. Los empleados de la Compañía Eléctrica saboteaban las instalaciones y sucedían los apagones; la tienda más grande de Cuba, "El Encanto", fue destruida por el fuego.

La Agencia Central de Inteligencia (CIA), enviaba explosivos (C3), lapiceros de tiempo, mecha, cordón detonante, detonadores y todo lo necesario para actos de sabotaje. En aquel tiempo (1960), este tipo de actividades eran conocidas con el nombre de "Acción y Sabotaje". El cubano que desafiaba al régimen, poniendo en peligro su vida, el que se infiltraba en la Isla procedente de Miami para organizar los cuadros de la Resistencia y traer armas y explosivos, era admirado y considerado un soldado de la patria y un héroe de la contrarrevolución.

A mediados de 1960 yo formaba parte de esos grupos. José Puente Blanco, ex-presidente de la Federación Estudiantil Universitaria, y su hermano Roberto, comandaban un Movimiento. Fui a Estados Unidos y allí conocí a Alfredo Cepero, que pertenecía al mismo Movimiento; con él trazamos planes para introducir material bélico en Cuba y entregárselo a nuestros amigos en La Habana. Regresé a Cuba para hacer los preparativos y volví a los Estados Unidos para preparar los envíos. Durante mi último viaje a La Habana caí en manos del G-2 cubano y parecía que terminaría en el paredón de fusilamiento. En un traslado de la sede del G-2, en la calle 5á y 14 de Miramar, logré escaparme de la patrulla y refugiarme en la Embajada de Argentina. Después de un mes y medio me concedieron salvoconducto, me trasladaron a México y de ahí, de nuevo a Miami.

La invasión a Cuba por fuerzas cubanas era inminente. Junto con Syla Cuervo, Feliciano Foyo, Raúl y Gustavo Lora, Alfredo Cepero, López Franco y otros, nos enrolamos en las fuerzas expedicionarias. Un avión C41 nos trasladó del aeropuerto de Opa Locka, en Miami, al campamento de Guatemala. Cuando llegamos, la Brigada ya había salido, en Cuba se estaba combatiendo. Rápidamente nos entregaron el armamento y nos enseñaron a utilizarlo. Estando apertrechados y listos para salir, nos llegaron noticias desastrosas. La Brigada, sin apoyo aéreo, sucumbía y nuestros aviones B-26 eran derribados por los rápidos aviones de combate del régimen. Las fuerzas expedicionarias, al quedarse sin municiones, optaron por rendirse.

Muchos compañeros perdieron la vida en el histórico episodio de Bahía Cochinos; otros cayeron prisioneros de Castro: los demás, en número apreciable, quedamos frustrados, con un profundo dolor en nuestros corazones, pero profesionalmente bien entrenados en el uso de las armas, los explosivos, las operaciones encubiertas, la investigación, recopilación de información y la infiltración. Todas estas habilidades, sin embargo, quedaban de momento sin uso y, nosotros, temporalmente ociosos, a la espera de que nuevos acontecimientos nos pusieran de nuevo en la primera línea de combate por la Isla añorada. El fracaso de Bahía Cochinos, lejos de enfriar nuestro ánimo, lo templó para seguir la lucha.

Al regreso de la frustrada invasión, me incorporé a los Comandos L, el grupo de Tony Cuesta y Ramón Font, donde tratamos de hacer operaciones comandos. El gobierno americano, como parte de un nuevo plan, ofrecía a los miembros de la Brigada recientemente regresados de Cuba la incorporación al ejército americano. Otra vez los entrenamientos, las esperanzas y las frustraciones. Me gradué de segundo teniente y me asignaron al mando de un pelotón compuesto por soldados americanos. Después de dos años de estar en el ejército y de estar convencido de que no había ningún plan concreto para la liberación de mi patria, renuncié a mi comisión y comencé a trabajar para la CIA.

Me di cuenta, al cabo de reflexiones y aceptaciones de la realidad mundial, que los cubanos no nos enfrentábamos a una tiranía aislada, ni a un sistema particular de nuestra Patria, sino que teníamos frente a nosotros un colosal enemigo, cuya cabeza principal estaba en Moscú, con sus tentáculos extendidos peligrosamente por todo el planeta. El campo de batalla, entonces, lo mismo estaba en el territorio cubano, que en cualquier punto de la tierra en donde el enemigo estuviera presente o intentase penetrar para enriquecer sus dominios. Sin saberlo ni proponérmelo, me convertí en soldado universal al servicio de cuanto pudiera contribuir a cortar tentáculos del monstruo, empezando, si fuera posible, por el que aprisionaba a mi Patria.

Algunos compañeros decidieron quedarse en el ejército americano y hacer carrera militar: otros, se engancharon en la CIA. La Agencia había limitado sustancialmente las operaciones: infiltraciones a Cuba para contactar elementos de inteligencia y esporádicos viajes para hacer enterramientos de armas era todo lo que hacían. En las bases de operaciones de los cayos de La Florida, la mayor parte sometidos a entrenamiento, languidecíamos un grupo de cubanos. A finales del año 1967, comienza el desmantelamiento de las bases y de los cubanos que aún trabajábamos para la CIA. Unos pocos, como yo, fuimos recomendados a diferentes gobiernos, para actuar como instructores de personal en el campo de la lucha antisubversiva o como asesores en materia de seguridad nacional y métodos modernos, de investigación criminal.

En el desarrollo de este propósito y estas luchas, mi vida se consumía entre una operación y otra, con largos intermedios de inacción, aburrimiento y frustración, hasta que me llegó la oportunidad histórica de trasladarme a Venezuela, país amado en el que pasé la mayor parte de mi vida adulta.

Inicialmente fui contratado como instructor de la Dirección General de Policía (DIGEPOL) venezolana y Asesor Especial en asuntos de Seguridad Pública; pero muy pronto me vi envuelto en operaciones en contra de los grupos que trataban de subvertir el orden y derrocar al gobierno legalmente constituido, por medio de la violencia. Fueron años de lucha intensa, en la transición del gobierno de Raúl Leoni al de Rafael Caldera. Por las demandas imperativas de esa lucha, la DIGEPOL se convirtió de cuerpo represivo del delito político para el que estaba originalmente diseñada, en la Dirección de los Servicios de Inteligencia y Prevención (DISIP).
Dentro del esquema, llegué a ocupar el cargo de Comisario Jefe de la División General de Seguridad, con la responsabilidad directa sobre las Divisiones de Armas y Explosivos, Seguimiento y Vigilancia, Protección de Personalidades y Medios Técnicos. Desde mi posición, combatí sin tregua a los enemigos de la democracia venezolana, diezmando sus filas y reduciendo sus operaciones hasta el extremo que, al término de mi gestión, las fuerzas armadas de la izquierda quedaron totalmente desmanteladas.

El gobierno de La Habana fue frustrado en sus intentos expansionistas, al enviar a sus más experimentados guerrilleros, tales como Tomasevich, Arnoldo Ochoa Sánchez y Leopoldo Cintra Frías. En las escuelas de subversión cubana se entrenaron grupos de venezolanos que fueron enviados para formar verdaderos movimientos como el tristemente célebre "Punto Cero", que fue totalmente aniquilado por nuestras fuerzas policiales.

Durante 18 años, plagados de triunfos y derrotas, alegrías y tristezas, amé profundamente y también sentí las saetas del odio de mis enemigos, taladrándome y tratando de destruir mi cuerpo y mi alma.

Tanto los afectos que ligaron mi vida a Venezuela, como los efectos que desencadenaron el odio que algunos me prodigaron, me acompañarán eternamente en mi mente y junto a mi corazón.

El relato que expongo a continuación carece de la forma y estilo literario que distingue a un escritor. El lector tendrá que perdonar los errores que he cometido al redactar algunos capítulos, pues no he sido ayudado por ningún profesional para su elaboración. Mi principal preocupación, y en ello pongo todo mi esfuerzo, es que la narración se ajuste estrictamente a la verdad. Los personajes y los hechos relatados son reales y asumo cualquier responsabilidad que se derive de la exposición de los sucesos.

Este libro no es una historia de mi vida. Me refiero exclusivamente a tres sucesos en los que tomé participación y que influyeron drásticamente en mi vida, en la de mi familia y en la de las personas y amigos que, de alguna u otra forma, estuvieron relacionados conmigo en el tiempo que se sucedieron los hechos. Si el hombre pasa toda su vida influenciado por las circunstancias, pocas vidas han sido tan circunstanciales como la mía.

Son esas circunstancias, determinadas por fuerzas externas desencadenadas, aparentemente ajenas, las que marcaron gran parte de mi destino de adulto y me convirtieron, sin proponérmelo, en protagonista de primera línea de acontecimientos que tuvieron resonancia mundial y que envolvieron organizaciones y países, políticos y jueces, espías e investigadores, personas y familias. La vida y la muerte entremezcladas, para hacer de mi existencia una aventura, no tendrían particular importancia, si sólo hubiesen afectado mi vida y a la de los míos.

Aunque mi actuación como combatiente inclaudicable de toda forma de opresión en Cuba y en otros países de América, me hace figura central de muchos acontecimientos políticomilitares que aún son desconocidos en toda su dramática trama y desenvolvimiento, en este libro documental me concretaré en primer lugar a esos años críticos de Venezuela; los viví en carne propia, en el fragor de la lucha a muerte que esa nación tuvo que librar, cuando su existencia estuvo en el más grave peligro a causa de los grupos subversivos de izquierda que, inspirados, entrenados y a veces financiados por el comunismo internacional, utilizaron toda case de acciones ilegales, buscando desestabilizar y, posteriormente derrocar al gobierno constitucional vigente. "Circunstancialmente", como todo lo de mi vida, por esos años yo ocupaba en Venezuela un cargo con el nombre más largo que usted pudo haber leído jamás: Jefe de la División General de Seguridad de la Dirección de los Servicios de Inteligencia y Prevención, con una sigla muy corta y familiar entre el mundo policial venezolano: La DISIP.

El recuento aquí expuesto revela hechos ocurridos en ese lapso histórico. Es la historia verdadera de las operaciones ejecutadas por los grupos de extrema izquierda y la acción desarrollada por la policía política para contrarrestarlos y, posteriormente, desmantelarlos.

¿Cómo yo, un joven cubano, sin nexos inmediatos con la incipiente democracia venezolana, pude verme envuelto en tan tremenda lucha y asumiendo responsabilidades políticas y militares en una tierra en la que no había nacido? El lector se hará esta pregunta que yo mismo me hice muchas veces. La respuesta se encuentra en el relato de esta obra y en un hecho indudable que lo explica todo: mi Patria se encontraba bajo la férula tiránica del comunismo; este enemigo había hincado sus dientes en la tierra martiana, pero amenazaba con extender sus tentáculos por toda la América, hasta el punto en que ya no habría lugar en el continente para que en él pudiéramos respirar los hombres libres y dignos. El frente de batalla, entonces, ya no se reducía a nuestra Isla amada, sino que había que ubicarlos en donde quiera que la subversión fanática y violenta hiciera su aparición. Yo nací con esa vocación para la lucha y, para cumplirla, no he reparado un instante: ni en el sufrimiento personal, ni en la pérdida de mi vida. El dolor de la patria me hizo involuntariamente un hombre de armas, tramas, aventuras y misterios, que si no fuera porque realmente los viví, yo mismo pensaría que los había imaginado.

Tres organizaciones guerrilleras dominaban el panorama subversivo del país: Bandera Roja, el FALN (Frente Armado de Liberación Nacional) y un aguerrido grupo recién llegado de Cuba, llamado Punto 0. Bandera Roja y el FALN tenían frentes guerrilleros que operaban en las montañas; sus destacamentos rurales estaban formados porveteranos que habían sobrevivido a varios años de lucha, que conocían muy bien la zona donde operaban y a quienes había sido imposible erradicar, a pesar de las operaciones que continuamente realizaba el ejército con sus unidades de "cazadores" (cuerpo táctico anti-guerrillero).
La guerrilla rural estaba formada por grupos de combatientes que constituían los llamados "destacamentos", pequeñas unidades cuya misión era emboscar y hostigar al ejército, tomar pequeñas poblaciones con carácter propagandístico, secuestrar y atemorizar a los dueños de haciendas, con lo que de paso obtenían beneficios económicos que les permitían sufragar sus actividades. El fin ulterior, desde luego, era el de captar simpatías entre los campesinos y utilizarlos en calidad de colaboradores.

El frente guerrillero "Antonio José de Sucre" (los comunistas siempre le robaron a los pueblos los nombres de sus próceres más admirados) operaba en las montañas del Oriente de Venezuela. Era la facción rural de Bandera Roja y mantenía desde hacía varios años a un grupo de combatientes bien entrenados, lo cual les permitía moverse en las zonas montañosas de los Estados de Anzoátegui y de Monagas.

El FALN mantenía el frente guerrillero "José Leonardo Chirinos", que sostenía un grupo, moviéndose en el triángulo montañoso de los Estados de Lara, Yaracuy y Falcón. El frente había recibido apreciable ayuda de Cuba. Años atrás, habían combinado sus fuerzas con las de una expedición cubana que, al mando de Arnoldo Ochoa Sánchez, salió a "conquistar el continente". Como más de algún lector recordará, éste fue un comandante cubano que, junto a Luben Petkoff, desembarcó armas y personal de combate por las costas de Chichiriviche y Machuruvuto. Era la época de un Fidel Castro prepotente y, aparentemente, inmune a los reclamos de la comunidad mundial no comunista. Con Ochoa Sánchez (general fusilado por su propio aneo) vino el actualmente general y héroe de la ocupación de Angola por los cubanos, Leopoldo Cintra Frías. Estos cubanos, polít feamente fanatizados, formaron un pequeño grupo de 13 efectivos que se hizo fuerte durante tres años en las montañas, aunque sus actividades nunca llegaron a ser relevantes.

Lo prolongado de la lucha guerrillera rural y los pocos objetivos alcanzados durante largos años, hizo que los grupos subversivos se plantearan nuevas tácticas de combate. Sus comandantes bajaban a las ciudades para formar unidades de guerrilla urbana; el objetivo era, por supuesto, el derrocamiento del gobierno democrático, legalmente constituido.

El primero en constituir su unidad de combate urbano fue el FALN. Su comandante, Douglas Bravo, operaba desde las ciudades con un pequeño pero decidido grupo llamado "La Unidad Móvil", muy bien entrenado y sumamente activo. El frente rural quedaba al mando de Elegido Sibada, alias Magoya, de igual actividad y decisión.

Mientras eso sucedía, hace su aparición un nuevo, desconocido pero muy agresivo y bien entrenado grupo de guerrilla urbana, cuyos hechos atrevidos sacudirían el alma nacional venezolana. Se trataba del "Grupo Punto 0": sus integrantes fueron entrenados en escuelas subversivas cubanas y luego de su preparación, lanzados a la agresión contra Venezuela.

Tal era la situación en que se encontraba la subversión de extrema izquierda en Venezuela, en el momento en que se desencadenan los hechos trágico-dramáticos que vamos a relatar en calidad de protagonistas y testigos.

El primer suceso á que nos referiremos es el caso del secuestro del industrial Domínguez, ejecutado por BR  y FALN. De particular relevancia será el relato del secuestro, una de las acciones más sonadas de la época y, que tuvo para los guerrilleros, fecundos resultados financieros. El botín del plagio les produjo cinco millones de bolívares, equivalentes a 1.162,790 dólares americanos, en aquel tiempo.

Prefiero referirme al secuestro del industrial Domínguez, por ser el caso más espectacular, el más difícil desde el punto de vista policial y militar y el que presentó una serie de hechos dignos de un fiel recuento histórico. De enero a junio de 1972, fecha de la captura del industrial Domínguez, los guerrilleros no se dieron tregua en sus preparativos. Mientras el secuestro progresaba y se cobraba el rescate, el grupo Punto 0 entró en acción en Caracas y sus alrededores, con una serie de operaciones de gran impacto en la opinión pública nacional e internacional. Entre estos hechos sobresalientes relataré los detalles que rodearon el sorprendente ataque al Destacamento de las Fuerzas Armadas de Cooperación de Ocumare delTuy, mediante el cual los guerrilleros pudieron capturar un fuerte arsenal.
En contra de este último grupo subversivo hubo necesidad de acentuar y diversificar las acciones policiales. En efecto, los integrantes de Punto 0 sintieron el peso de nuestras hostilidades, pues casi todos sus efectivos fueron capturados o cayeron en combate bajo la acción de las fuerzas contra-guerrilleras, de todo lo cual daremos los más significantes detalles.

La información y los datos necesarios para escribir este volumen fueron obtenidos de fuentes directas: entrevistas a los propios guerrilleros que participaron en los sucesos y luego fueron capturados; declaraciones logradas en prolongados interrogatorios policiales. Igualmente, fueron entrevistadas personas neutrales que, de alguna manera, participaron en algún trabajo o en diligencias que se hicieron sobre los casos narrados. El mayor aporte de material se origina en los archivos oficiales de Venezuela y en los propios del autor, con la debida constancia de sucesos, personas y contingencias de aquel corto pero tenebroso episodio histórico que a la Patria de Bolívar y a sus fuerzas legales les tocó vivir.

Los funcionarios policiales, los jefes, de divisiones que trabajaron en la solución del "Caso Domínguez" informan, por nuestro medio, sobre hechos fidedignos. Cuentan sus actuaciones y, a la luz de ellas, se esclarecen varios asuntos hasta ahora desconocidos u obscuros. Cuentan cómo fueron dirigidas las operaciones policiales, exitosas o no y, según el buen suceso en el caso de captura de guerrilleros, dan fe de sus diligencias, de los medios de que se valieron y de las colaboraciones obtenidas. La narración está ceñida a la más estricta verdad.

Finalmente, para resguardar y proteger a las personas involucradas en este recuento, hemos soslayado la identidad de algunos individuos seriamente comprometidos en determinadas acciones policiales, pues a esos efectivos les debemos consideración por el género de sus servicios: por la lealtad con que actuaron y el estoicismo con que muchos de ellos asumieron las consecuencias. En algunos casos, por ello, utilizaremos seudónimos. En cambio, los seudónimos con que citamos a los guerrilleros, son los mismos que ellos usaban en sus actividades subversivas, aunque posteriormente son identificados con sus propios nombres. Tanto los protagonistas del acontecer subversivo, como los funcionarios y policías empeñados en reprimirlos, son personajes reales, inmersos en aquel trágico desarrollo.
Así, dejamos esbozado el propósito y razón que nos guía al escribir esta suerte de memoria personal e histórica, aprisionada en el corto pero fulminante lapso de 1972 a 1973.

Solicitamos la paciencia del lector para seguirnos por los vericuetos, intrigas, conspiraciones y sucesos épicos, míos y ajenos, entrelazados en un drama continental y mundial, cuyas cenizas aún no se han apagado ni se apagarán, en tanto queden sobre la faz de la tierra hombres violentos que levanten el crimen a la categoría de ley y quieren, por la fuerza de sus armas y de sus aparatos brutales, someter a los pueblos y a los hombres.

Pasemos adelante, pues. Rasguemos el velo del silencio y digamos como narradores veraces, lo que en todo momento sostuvimos como soldados esforzados de la libertad.

El segundo suceso que cito en mi relato se refiere al famoso caso de la voladura de un avión de la línea aérea Cubana de Aviación, con la consiguiente muerte de todos los ocupantes de la nave, hecho ocurrido el día seis de octubre de 1976 en aguas cercanas a Barbados. La enemistad con el entonces Presidente Carlos Andrés Pérez y su asociación con el dictador cubano Fidel Castro, unida a mi conocida militancia anticomunista y a una serie de acontecimientos, hicieron que se me involucrara en el hecho, se me encarcelara y sometiera ajuicio. Después de permanecer años en prisión y de ser absuelto por el tribunal militar que me juzgó, fui objeto de una serie de argucias procesales que me mantuvieron en la cárcel, sin concedérseme la libertad. La presión y el miedo a la mano larga del tirano de Cuba y la manipulación del juicio por el general Elio García Barrios, presidente de la corte marcial e íntimo amigo de Castro, hicieron posible esta monstruosidad jurídica y procesal. Me negué a continuar en esa farsa judicial y no accedí a presentarme más en ninguna de las incidencias de ese infame y nefasto proceso, que me mantuvo en prisión por más de siete años, a pesar de haber sido absuelto. Opté por obtener mi libertad por la fuerza, fugándome de la prisión. Me fugué de la cárcel militar vestido de coronel y me refugié en la Embajada de Chile. Con las promesas del Presidente de la República en aquel tiempo, Luis Herrera Campins, de que se me celebraría el juicio en un plazo no menor de dos meses, abandoné la embajada. Otra vez la mano de Castro, utilizando de nuevo a su testaferro, el general García Barrios, evitó que las promesas del Presidente Herrera se cumplieran. Otro intento de fuga fallido fue en la cárcel de La Planta, donde traté de volar con explosivos las paredes de la prisión que injustamente me retenía. Por fin, la fuga definitiva fue de la prisión de máxima seguridad San Juan de los Morros, que me permitió alcanzar la libertad.

El tercer relato trata de mi actuación en la guerra de los contras y los sandinistas, en Nicaragua, donde tomé parte en las operaciones de suministro que, desde El Salvador, con viajes casi diarios a Nicaragua, realizaban las Fuerzas Aéreas de Suministro, financiadas y dirigidas desde Washington por Oliver North. Los viajes terminaron cuando uno de nuestros aviones (un C123) fue derribado por fuerzas sandinistas, muriendo casi todos sus tripulantes y ocasionando el consiguiente escándalo y el descubrimiento de toda la operación.

Posteriormente, reseño mi actuación como instructor de la policía salvadoreña. Y, por último, el atentado que me hicieron en Guatemala miembros de la inteligencia cubana, apoyados por militares guatemaltecos a quienes compraron con una cantidad importante de dinero para hacer posible esta operación. En el atentado, que casi me cuesta la vida, recibí varios balazos de ametralladora 45. Afortunadamente, hoy después de más de tres años, estoy casi recuperado de mis heridas.

Enero de 1994.