20: Guatemala, nuevos horizontes
En 1988 el Partido Demócrata Cristiano de El Salvador perdió las elecciones y, por lo tanto, se terminó el programa de la Anenauer. Fritez y los venezolanos abandonaron el país.
Al quedarme sin seguridad y sin trabajo,, me convierto en blanco fácil de mis enemigos. Los guerrilleros del FMLN, mis enemigos naturales y alguno de los enemigos de Fritez, al ver mi vulnerabilidad, podrían intentar una operación en mi contra.
Decido trasladarme a Guatemala y buscar nuevos horizontes.
En Guatemala alquilo un apartamento en la zona residencial de Vista Hermosa. Tengo recursos económicos para poder aguantar unos meses.
Conozco al director de Teléfonos de Guatemala (GUATEL), Francis Ramírez, y por él me entero de los problemas de seguridad que tiene la empresa: robos de mercancía, mala organización en los servicios, sabotajes a las instalaciones por los mismos obreros, burocracia, etc.
La seguridad a GUATEL la proporcionan grupos de vigilantes propios de la empresa y una policía privada controlada por el ejército, llamada Policía Militar Ambulante (PMA). Los vigilantes de ambas controlan el acceso a las instalaciones y vigilan los perímetros y las áreas dentro de las edificaciones.
La ineficiencia de ambas policías, su poco profesionalismo, los equipos y armamentos inapropiados que poseían, el deterioro, mala iluminación, servicios viejos e inadecuados contra incendios, malos sistemas de control y restricción de acceso a las instalaciones, hacían necesaria una evaluación de la seguridad.
Ramírez me muestra la propuesta de un estudio de seguridad que había hecho una compañía de servicios de seguridad controlada por un grupo de israelitas. La propuesta era deficiente y no abarcaba las principales necesidades de la empresa. Así se lo hice saber a Ramírez, y a continuación le ofrecí entregarle un estudio de seguridad a mi juicio, mucho más profesional, para que también lo presentara a su junta directiva.
En unos pocos días presenté mi propuesta y obtuve el contrato.
Mi trabajo se dividía en tres etapas. La primera sería visitar todas las instalaciones de GUATEL y hacer una encuesta de seguridad: altura y condiciones de las cercas; iluminación del perímetro, equipos contra incendios, condiciones de las ventanas, puertas, vulnerabilidad de las operaciones, control de visitantes, etc. Se fijaban fotográficamente las condiciones de los establecimientos y las fallas de seguridad.
La segunda etapa consistía en hacer recomendaciones para mejorar cada una de las fallas de seguridad y, la tercera y última, en trabajar sobre la implementación de los equipos necesarios y las medidas que se debían tomar para disminuir la vulnerabilidad de las instalaciones.
En el contrato estaba incluido el entrenamiento del personal de seguridad del director: comunicaciones, manejo defensivo, tácticas defensivas contra atentados y secuestro, defensa personal y uso de armamento.
Organizo el trabajo y todo marcha bien. No pierdo contacto con la gente de Miami. Como muchas veces, en nuestra larga lucha, todo parece estancado y no se ve la solución por ningún lado. Espero con paciencia que se abra un nuevo camino.
Mientras tanto, sin yo saberlo, mis enemigos se confabulan para atentar contra mí. Me han ubicado en Guatemala. En la sombra se organizan y trabajan en un plan siniestro.
El atentado Septiembre de 1989
Un cubano de nombre Enrique (Kike) Fonseca llega a Guatemala con pasaporte nicaragüense. Su misión: hacer contacto con militares del ejército guatemalteco para planificar y ejecutar mi secuestro.
Al mismo tiempo, otros cubanos se reunían con un grupo de militares mexicanos para organizar la segunda parte del plan.
Tanto los militares guatemaltecos como los mexicanos cooperarían con los cubanos por una cantidad considerable de dinero.
Los guatemaltecos apoyarían mi secuestro en ciudad Guatemala. Los mexicanos proporcionarían una pista para aterrizar y despegar un avión Cessna 310, cerca de la frontera con Guatemala, en Tapachula.
Fonseca hace contacto con un coronel guatemalteco de nombre Nito Cabrera. El coronel recibe 40 mil dólares, comprometiéndose a efectuar el secuestro y trasladarme después a Tapachula, México.
Mientras, otro cubano, de nombre Manuel Cisneros Castro, ex-Jefe de Comunicaciones y Electrónica del Ministerio del Interior de Cuba, sobornando a los militares mexicanos, asegura la pista donde aterrizaría el avión Cessna 310 que me trasladaría a Cuba.
Pasan los meses de octubre, noviembre y diciembre; termina el año 89.
A la entrada del nuevo año, el coronel Cabrera no ha presentado ningún resultado. Los cubanos presionan para que se efectúe la operación. Cabrera alega que el secuestro es sumamente difícil y ofrece cambiar el operativo por mi eliminación física. Los cubanos acceden.
La cúpula de la muerte
Desde los tiempos de la dictadura del general Lucas García, en Guatemala se reunían semanalmente, específicamente los lunes a las 5:30 p. m. en el palacio presidencial, un grupo muy selecto de militares.
La reunión, presidida por el propio general Lucas García, contaba con la asistencia del Ministro de la Defensa, del Jefe del Estado Mayor, del Jefe de la Regional (servicio militar), del jefe de la PMA (Policía Militar Ambulante) y del G-2 del ejército. Recibían de este último la lista de las personas que debían ser asesinadas. Los motivos, generalmente políticos, se extendían hasta casos de venganza personal o económicos.
La junta decidía quién debía morir y quien no.
Una vez aprobado el asesinato, el G-2 encargaba a los coroneles subalternos la ejecución del mismo.
Los designados a efectuar la ejecución tenían un tiempo limitado, generalmente treinta días, para realizar los controles y vigilancia de las víctimas.
Las misiones de asesinato las podían efectuar con personal propio, o en algunos casos el G-2 apoyaba estos trabajos con personal especializado, asesinos que podían ser utilizados en operaciones criticas.
En el tiempo que nos ocupa y siendo Presidente de la República Vinicio Cerezo, los militares no confían en él ni en su Ministro de la Defensa, general Gramajo: por lo tanto, trasladan la reunión de los lunes para un lugar fuera del palacio y ni el presidente ni el ministro son invitados.
Las palabras que cruzaron Ortega Menaldo y Cabrera no han podido saberse, pero lo cierto es que este último recibió el visto bueno para ejecutar la misión de darme muerte.
28 de febrero de 1990
Salgo de mi casa, como de costumbre, a las 8:30 de la mañana. Voy vestido de traje y corbata. El edificio donde tengo mi apartamento tiene estacionamiento techado, cuya salida tiene una subida muy pronunciada. Salgo del estacionamiento y doblo hacia la derecha.
Frente a mí, un hombre me dispara con una subametralladora que reconozco inmediatamente como un M3 Al con silenciador. Las balas penetran el parabrisas delantero del carro, sin tocarme, milagrosamente. Piso a fondo el acelerador y le tiro el carro encima al tirador que tengo enfrente.
Otros hombres también con armas con silenciadores me están disparando por detrás y por el lado derecho. No escucho los estampidos, pero sí siento como pedradas cuando los proyectiles pegan en la carrocería del carro y lo penetran.
Llego a la avenida principal de Vista Hermosa, como a unos cien metros de donde me han disparado; estoy ileso, no me ha alcanzado ningún proyectil, pero la visibilidad del parabrisas delantero es muy precaria.
Doblo a la izquierda y avanzo por la avenida. A esa hora de la mañana el tránsito es intenso en ambos sentidos y avanzo como unos trescientos metros. En estos momentos, ya percatado de la situación, llevo en la mano derecha una pistola Beretta modelo 92 de 9 mm. Apresuradamente pongo en el asiento delantero derecho un cargador extra de 16 tiros.
De pronto me percato de que un pick up blanco, con dos hombres en la paila me persiguen, disparando sus armas. Siento las balas pegando en el carro. Están a lado derecho y un poco detrás. No puedo disparar pues me es imposible bajar el vidrio de la puerta derecha, que está completamente destrozado por los proyectiles. Recuerdo perfectamente las clases de manejo defensivo que recibí de Hermes Rojas en El Salvador. Piso violentamente el pedal del freno. El chofer del carro perseguidor, sorprendido por la maniobra, queda a mi lado. Abro violentamente la puerta y estoy a un metro de distancia de los asesinos. Intercambiamos disparos casi a quemarropa. Veo que los dos hombres se desploman, pero siento que yo he recibido también varios balazos. El pick up se me adelantó y siguió a toda velocidad.
Sentí un profundo dolor en el brazo izquierdo, en el pecho y mi mandíbula estaba entumecida. Sangraba profusamente, pero no había perdido el conocimiento. Seguí conduciendo el carro, buscando ayuda. La visión se me nubló, las piernas también se me entumecieron y no las sentía cuando presionaba el acelerador y los frenos. Tampoco podía ver bien por el destrozado parabrisas delantero. En esas condiciones logré avanzar hasta una bomba de gasolina, como a tres kilómetros de donde ocurrió el atentado. La sangre me cubría todo el cuerpo e inundaba mis zapatos. Cerca de la gasolinera, como a unas cuatro cuadras, hay un hospital. Una señora se bajó de un carro, me puso una mano encima y rezó por mí. Llegó un camión de bomberos, y en él me llevaron hasta el hospital El Pilar. Me bajé del camión de bomberos, caminando, apoyado en una persona que pertenecía al grupo de los bomberos. La vista se me iba, pero todavía conservaba el conocimiento; la sangre no me dejaba inhalar aire y me estaba ahogando.
Me pusieron en una camilla, me cortaron la ropa con una tijera y, rápidamente y a sangre fría, un médico me practicó la traqueotomía; un tubo penetró por mi tráquea. El dolor era intenso, pero sentí un gran alivio cuando entró aire a los pulmones. Pedí un papel y escribí: "soy alérgico a la penicilina". Demasiado tarde, porque ya me habían inyectado un millón de unidades de un medicamento que contiene penicilina. Milagrosamente, también, no se produjo ninguna reacción alérgica.
No podían detener la sangre que brotaba de mi boca. Una bala de calibre .45 me atravesó la cara de izquierda a derecha, fracturándome la mandíbula en dos partes y dañándome seriamente la lengua. Otra bala me atravesó el brazo izquierdo, tocando el hueso sin quebrarlo; otra me atravesó el pecho al nivel de la tetilla izquierda, saliendo limpiamente por la espalda, perforándome el pulmón y rozándome el corazón.
Me inyectaron un anestésico para poder trabajar sobre mi boca y tratar de detener la hemorragia. Perdí el conocimiento. Al instalar unas bolsas infladas dentro de la boca, presionaron las paredes de la misma y detuvieron la hemorragia.
A las 4 de la tarde volví en mí. Estaba sentado, cubierto de tubos y agujas, y mi cara estaba terriblemente hinchada. La lengua desproporcionadamente grande, pendía de mi boca como un pedazo de hígado sanguinolento. Un médico se me acercó y me dijo:
-La hemorragia de la boca está controlada; aunque hay una herida que te atravesó el pecho, no parece haber hemorragia interna y por el momento estás estable. No ha pasado el peligro, pero si sigues respirando así, vivirás.
No tengo dolor, porque el proyectil que rompió el hueso de la mandíbula en dos partestambién seccionó el nervio principal que pasa por su interior y transmite las sensaciones dolorosas.
Mandé a buscar a Gaspar Jiménez a Miami. Llegó al siguiente día a las 8 de la mañana. Ese mismo día llegan Manuel Marchelli e Ino Leal.
El presidente Vinicio Cerezo ha comisionado al jefe de seguridad de palacio, Henry, para que organice la seguridad en el hospital. Henry, profesionalmente, desarrolla un plan de protección con quince hombres. Tienen prácticamente tomado el piso y hay hombres en las afueras del hospital. Ninguna visita que no sea autorizada por mí, es permitida.
Además de la seguridad de los hombres de palacio, tengo mi propia seguridad. Siempre habrá una persona de mi confianza a mi lado, armada y dispuesta a defenderme.
Estoy en cuidados intensivos. Mi cara está enormemente hinchada y la lengua, que se seca continuamente, no ha podido ser introducida en mi boca porque también está hinchada y tiene un color rojo muy oscuro. Las bolsas que me introdujeron en la boca me molestan mucho.
Permanezco doce días en cuidados intensivos. Con mucho cuidado me trasladan a rayos X para evaluar los daños. El hueso del brazo izquierdo no fue fracturado, aunque la bala lo golpeó. La bala que atravesó mi pecho, pasó rozando el corazón y salió limpiamente por la espalda sin romper costillas, aunque sí hizo un feo agujero en el pulmón. La mandíbula inferior está perforada por la rama izquierda y la derecha, la separación de la fractura en ambos lados es de cerca de una pulgada. Del lado derecho de la cara me extraen una bala calibre .45; me llevan a una sala de cirugía. Veo varios médicos a mi alrededor, me inyectan anestesia y pierdo el conocimiento. Un cirujano me extrae las bolsas. Al comprobar que no hay hemorragia y que mi lengua ha cedido a la hinchazón, procede a reparármela e inmoviliza mi mandíbula amarrando mis dientes con alambres.
Vuelvo en mí, estoy en mi cama. A mi lado Ino Leal se está desabrochando una bota de campaña de donde extrae varios billetes de 100 dólares. Me entrega 4 mil y me dice: "Vaya socio, para los gastos". Me emociono. Delante de mí está mi hermano Ino, que ha dejado su trabajo para protegerme y prestarme ayuda. Su mano generosa también empuñará sin titubear la pistola que porta para defenderme.
Pasan los días, comienzan a alimentarme con jugos, me siento mucho mejor. más fuerte, aunque he bajado cerca de 40 libras de peso.
De El Salvador llega mi amigo Ernesto Alwood, por segunda vez, y se asombra de mi recuperación.
A los treinta días exactos de haber ingresado al hospital, los médicos me dan de alta.
Llega la cuenta de gastos médicos y del hospital, son 22 mil dólares. El gobierno paga 4.500 y el resto, tengo que afrontarlo yo. Amigos como Rafael Prats, José Miguel Fritez, Ramón Cacicedo, Emilio Pastor, Luis Roses, Foyo, el doctor Alberto Hernández y otros, sufragaron los gastos del hospital y de mi recuperación.
De nuevo, fuerte y decidido
Una madrugada, con la seguridad brindada por Henry, Gaspar Jiménez, Ino Leal e Ignacio Castro me trasladan en avión a Honduras: allí me espera Toño, un hombre que envía Juan Aramendia para prestarme ayuda.
La gente de Miami se comunica con Rafael Nodarse para que me dé apoyo. Rafael me lleva al mejor hotel de San Pedro Sula, el Copantl. Allí permanezco durante dos meses. Rafael paga los gastos. Sus hijos, Tadeo y Joaquín, me protegerán mientras dure mi lenta convalecencia. Rafael siempre estará cerca de mí.
Mi convalecencia fue dolorosa. Me alimentaban con una jeringa y un tubo introducido por un lado de mi boca. Solamente podía ingerir alimentos licuados. Mi boca estaba sostenida y amarrada con alambres. Pesaba 140 libras, 40 por debajo de mi peso normal.
Comencé a pintar cuadros, los vendía y sufragaba mis gastos. Hice exposiciones de pintura en Miami y, con el producto de las ventas, pude pagar alguna de mis cinco operaciones. Eliécer Grave de Peralta, Rafael Peláez, Miguel Jiménez ayudaron con su esfuerzo económico a dos de las intervenciones quirúrgicas que me practicaron. Mi amigo Tony García pagó, él solo, la última, incluyendo una cirugía plástica que me reconstruyó mi maltrecha mandíbula.
Estoy en perfecto estado de salud y mi mente se encuentra equilibrada y con la misma decisión que antes. De nuevo estoy activo.
Con gran entusiasmo veo que se vislumbra el final. La batalla de la libertad se aproxima. Oigo a lo lejos los tambores de guerra. Nuestros muertos. Nuestros presos. El pueblo de Cuba que sufre nos ayuda y estimula en nuestra justa y necesaria contienda.
Mientras quede un cubano con honor y valor, la libertad de Cuba será conquistada.
Combatiremos, lucharemos, venceremos.