19: Mi nuevo trabajo con los venezolanos
Después de la caída del avión viví en la Base Aérea de Ilopango por tres semanas. Poco a poco el escándalo de la prensa fue disminuyendo y la presión sobre nosotros cesó paulatinamente.
El Miami Herald, en primera página y a grandes titulares, publicó varios artículos sobre mi persona.
Me retiré a una casa de playa, de la que sólo salía para cazar palomas. Solamente un amigo, en quien confío mucho, Ramón Sanfeliu y su hijo José, conocían mi paradero.
Sé que mi vida está en peligro. Después de tanta publicidad, son muchos los que estarán deseosos de hacerle un favor a Castro. Los sandinistas, los guerrilleros del FMLN y los cubanos, cada uno por su lado o coordinadamente, me buscan de nuevo para matarme. A los dos meses de estar semiescondido, volví a San Salvador.
Un grupo de venezolanos están adiestrando a la policía salvadoreña. Un sujeto, de nombre Rivera, es el jefe del grupo. Lo conozco muy bien. Cuando yo estaba a cargo de las divisiones de policía en Venezuela frecuentaba mi despacho, siempre adulador y tratando de congraciarse.
Cuando el general Bustillo solicitó al jefe del ejército un permiso para que yo portara armas, Rivera le mostró una foto mía, le dijo que yo era un prófugo de la justicia venezolana y le aconsejó que no me extendiera el documento. A pesar de todo, el documento que me permitía portar todo tipo de armamento. incluyendo subametralladoras y fusil, me fue expedido.
Los largos años de lucha me han enseñado a burlar a mis enemigos: nunca frecuento el mismo lugar: cambio de rutina; tengo cuidado con el teléfono; no hago citas, soy impredecible.
Rivera fue expulsado del grupo de asesores y tuvo que irse de El Salvador; la muerte de un instructor venezolano y de un guerrillero salvadoreño provocaron gran escándalo. Se descubrió que los venezolanos no sólo impartían enseñanza sino que también trabajaban con la policía. Una sustracción de fondos puso término a la estancia de Rivera en el país.
José Miguel Fritez, un chileno muy allegado a Duarte, controlaba los fondos de la Fundación Adenauer. Los fondos eran destinados a asesoría para el gobierno de Duarte. Los dos grandes núcleos de las asesorías estaban en el sector político, que Fritez dirigía personalmente con un gran aparato de publicidad, y en la asesoría a la policía.
Fritez, hombre de aguda inteligencia y de gran capacidad administrativa, camina siempre rodeado de ocho guardaespaldas. La guerrilla y la extrema derecha, principalmente el mayor D'Aubisson son sus enemigos.
Después de la salida forzosa de Rivera, vino a El Salvador, Hermes
Rojas. Recuerdo muy bien que cuando lo introduje a la policía, tenía
menos de 20 años. Desde el principio demostró gran capacidad,
se hizo paracaidista, experto en explosivos, en operaciones Swat, piloto
de helicóptero y llegó al grado de comisario.
Rojas traía como segundo a un funcionario cuyo seudónimo
era Tomas, también muy calificado. Ambos hacían una buena
pareja.
Cuando Hermes llegó al país, Fritez lo llamó y le encargó que me localizara. No me conocía, pero el excanciller de Venezuela, Calvani, le pidió antes de morir que me encontrara y me ofreciera trabajo. También Calvani, que en ese tiempo era presidente de la Democracia Cristiana a nivel internacional. había encargado de mi búsqueda a Joaquín Chaffardet. Joaquín me localizó y estuvo varios días viviendo conmigo en El Salvador, pero me aconsejó no hacer contacto con los venezolanos, por ser Rivera quien, en aquel tiempo, fungía como jefe de ellos.
Ignacio Castro llegó a El Salvador e hizo contacto conmigo. A la semana de estar en el país se encontró con José Miguel Fritez, quien le preguntó por mí y le dijo que me andaba buscando para ofrecerme un trabajo. Cautelosamente y, temiendo una trampa, visité a José Miguel; fui con Ignacio Castro. Mis temores se disiparon cuando vi al comisario Hermes Rojas en la reunión. Agradable sorpresa; nos abrazamos y a Hermes se le humedecieron los ojos.
Esa noche me citaron a la casa de Hermes; al llegar, todo estaba silencioso y oscuro; de pronto se encendieron las luces y un grupo de mariachis comenzaron a tocar; me estaban dando una fiesta sorpresa.
Desde ese día comencé a trabajar con los asesores venezolanos. Hermes es el nuevo jefe de los asesores, en lugar de Rivera.
Tengo un apartamento con piscina en una zona residencial de San Salvador, de nombre La Sultana. En el departamento de al lado vive Polo Urrutia, Embajador de Guatemala en El Salvador, a quien profeso gran amistad. De Chile viene a visitarme mi gran amigo Marcelo Rosas; de Miami viene Syla Cuervo, Gaspar y Ramón Font.
Me cuido mucho, pues los enemigos están a la vuelta de la esquina; me amparo en la seguridad de Hermes y de Fritez, pues cada uno anda con un grupo de 8 a 10 guardaespaldas, con fusiles M-16 y subametralladoras Uzi. Dos veces por semana vamos al polígono de tiro, donde practicamos con pistola y subametralladoras. No me separo de mi arma, una pistola Beretta modelo 92. Cuando voy de cacería procuro ir con Hermes y con Fritez, ambos entusiastas de este deporte.
Transcurre el tiempo, sin pena ni gloria. Trabajo en mi casa en asesorías
a la policía y preparo un boletín mensual de inteligencia.
Hermes, con su grupo de venezolanos, y con Tomás como adjunto, desarrolla
cursos de adiestramiento a la policía salvadoreña.