18: La red de abastecimiento a la Contra
Abril de 1986
Un avión DC8 de la Compañía Arrow Air, procedente de Portugal, se dirigía a la base militar norteamericana de Palmerola, en Honduras, cargando un millón cien mil cartuchos 7.62 x 39 para fusiles AK-47, que serán entregados a las unidades de los Contras, estacionados en la base militar de El Aguacate, en territorio hondureño cerca de la frontera con Nicaragua.
Las fuerzas de los Contras, el FDN (Frente Democrático Nicaragüense) que combatían al ejército sandinista en el Frente Norte, eran comandadas por el coronel Enrique Bermúdez. Según lo convenido entre la CIA y la jefatura de los Contras, debían avisar con 48 horas de anticipación la llegada de cualquier avión de suministros al ejército de Honduras. Como en ocasiones anteriores, no se había cumplido con este requisito. El DC8, ya cerca de Honduras, se comunicó pidiendo autorización para el aterrizaje. El general Humberto Regalado Hernández desautorizó la entrada de la nave.
La carga del avión, unas 80.000 libras, había sido adquirida por el grupo del teniente coronel Oliver North, asesor del Presidente de los Estados Unidos Ronald Reagan en materia de seguridad, que habían creado una red de abastecimiento para apoyar a los Contras.
Como bien se sabe, el congreso norteamericano había prohibido al gobierno que le suministrara material bélico a las fuerzas rebeldes en Nicaragua; solamente se permitía la ayuda no letal: uniformes, botas, medicinas, etc.
La CIA. que estaba a cargo de este proyecto, veía con muy buenos ojos que un grupo independiente apoyara con armas y municiones a los rebeldes antisandinistas.
Ante la urgencia de la situación, Rafael Quintero, viejo combatiente anticastrista y hombre de confianza del general Richard Seacord, quien pertenecía al grupo de North, se comunicó telefónicamente con Félix Rodríguez, pidiéndole que intercediera ante el general Juan Rafael Bustillo, comandante de la Fuerza Aérea Salvadoreña, para que dejara aterrizar la nave en la base militar de Ilopango. Bustillo no sólo accede sino que permitió descargar el avión y guardar la munición en los almacenes militares de la Fuerza Aérea.
Dos días después llegó a El Salvador Rafael Quintero. Nos reunimos en la casa del capitán Leiva con Félix Rodríguez. Quintero traía una nueva petición de parte del grupo de Washington ¿Permitiría el general Bustillo construir una nave que sirviera de almacenamiento de armas y municiones dentro de las instalaciones de la base aérea? Félix transmite la petición y Bustillo está de acuerdo.
Un avión L- 100 (versión comercial del C- 130) de la compania Southern Air Transport, aterriza en Ilopango transportando un almacén prefabricado: con él viene también un técnico especializado, que promete terminar la construcción en dos semanas. Bloques de concreto, ladrillos, cemento, herramientas, instalaciones eléctricas son adquiridas en el país. Treinta obreros salvadoreños, dirigidos por el técnico, hacen posible la finalización de la nave en sólo 10 días. ¿Permitiría Bustillo traer un avión con su tripulación para hacer "tiros" de suministro a las tropas rebeldes?
Llega el primer avión, un C-7 Caribú Canadiense. Cerca de Ilopango sufre un percance: se le para el motor y, después de botar la carga, ejecuta un aterrizaje forzoso. El avión es protegido por el ejército y la Fuerza Aérea le da apoyo para arreglar el desperfecto: al siguiente día aterriza en Ilopango.
Participo en la construcción del almacén y alquilo una casa para alojar a la tripulación del C-7. Otro Caribú, dos aviones del tipo C-123 y una avioneta Maul, constituyen nuestra fuerza aérea de suministro. Sawyer, Prowatti, Hugh, Cunni, Cooper, Bob Owens, pilotos mecánicos, Riggers (empaquetadores de paracaídas), Kickers (lanzadores de carga) en número de 30, integran la tripulación de los aviones.
El reclutamiento del recurso humano lo hace un coronel retirado de la fuerza aérea norteamericana, llamado Dick Gadd; a finales de mayo se hacen los primeros vuelos. Las tormentas, la falta de equipo de navegación y la información imprecisa hacen que las misiones fracasen una y otra vez. Un avión de la Southern Air del tipo L-100, con 40.000 libras de armas y municiones, dotado de equipo sofisticado de navegación, hace el primer tiro exitoso. Bonzo, un viejo piloto, conduce la nave; en la tripulación va el asesor de North, Robert Owen.
Suministramos al Frente Sur de Nicaragua, específicamente al grupo guerrillero comandado por el comandante Franklin, que ha sustituido a Edén Pastora.
El jefe de la "estación" de la CIA en Costa Rica, Joe Fernández, está en contacto con las tropas de Franklin y, día a día, nos transmite su posición. Sofisticadas máquinas de codificar y descodificar mensajes telefónicos del tipo KL-3, suministradas por Oliver North, nos permiten transmitir mensajes seguros a Washington y a Joe en Costa Rica. Hay varias de esas máquinas en las casas de seguridad. El coronel James Steel, jefe del grupo militar americano en El Salvador, tiene una de ellas. Joe nos da la localización de las tropas de tierra y, posteriormente, nos avisará si la misión de suministro ha tenido éxito.
Las tropas de tierra hablan español y las tripulaciones de los aviones solamente inglés. Viajo en los aviones para establecer las comunicaciones de tierra a aire y viceversa, y comunicárselas a los pilotos. Frecuentemente nos comunicamos con las radios sandinistas que se meten en nuestra frecuencia y, haciéndose pasar por los Contras, tratan de desviar nuestro avión hacia ellos.
Las misiones, que se producen casi a diario, a medida que el tiempo mejora, comienzan a tener éxito. Construimos una pista de aterrizaje en la finca El Murciélago, en la frontera entre Costa Rica y Nicaragua. Allí almacenamos gasolina para hacer más cortos los viajes desde El Salvador hasta la zona guerrillera en territorio nicaragüense.
En abril llega un Lear Jet, procedente de Washington; en éste vienen Oliver North, el general Seacord y Dick Gadd; traen piloto, copiloto y aeromoza.
Vienen a una reunión con el general Bustillo y con Bermúdez. A la reunión asisten también el capitán López y Félix Rodríguez. Dick Gadd sale conmigo a hacer un recorrido por los almacenes y casas donde están alojadas las tripulaciones.
En la reunión se discuten los distintos tópicos del proyecto de abastecimiento. El FDN no tiene pilotos y acepta que pilotos norteamericanos mantengan y vuelen los aviones.
Al retirarse como a las 4 de la tarde, después de un almuerzo, se llevan varias cajas de cerveza salvadoreña Pilsener.
El viaje desde Ilopango hasta la zona de suministro toma 5 horas en los aviones C-123, que van llenos de combustible, limitando su carga a 8.500 libras.
Recuerdo una noche que iba piloteando William Cooper y llevaba como copiloto a Piowatti; en territorio nicaragüense las tormentas eran tan fuertes que no se veía nada; además, los instrumentos del avión se dañaron. Pasamos sobre una base militar sandinista, donde nos hicieron fuego con ametralladoras calibre 50; se podían ver las balas trazadoras cruzando alrededor de la nave. Como a los 15 minutos, el avión recibió varios golpes fuertes. Observé por la ventanilla y pude ver que el motor jet del ala izquierda estaba destrozado. El C- 123 tiene dos motores jet que auxilian a los motores de propela en el despegue, apagándolos cuando la nave toma altura. Al llegar a la base por la mañana, pudimos observar golpes en las alas del avión y sacamos pedazos de madera del motor destrozado:
¡habíamos pasado por dentro de un árbol sin darnos cuenta!
En un momento dado habíamos varios cubanos involucrados en la guerra. En Honduras se encontraba Mario Delamico, hombre de confianza del general Regalado y a quien éste había encargado de la logística; no había vuelo o barco que llegara con armamento para los Contras que no fuera controlado por Mario. El coronel Reynaldo García (a) El Chiqui, jefe del grupo militar de Estados Unidos en Honduras, cooperó abiertamente y en varias ocasiones arriesgó su posición participando en operaciones que le estaban vedadas por el ejército a que pertenecía. Corzo y Papito Hernández suministraron armamento y pelearon al lado de los combatientes del Frente Sur.
El coronel Luis Orlando Rodriguez, también cubano, y que no tenía nada qué ver con el otro Luis Orlando, ocupaba una alta posición en Guatemala y, desde allí, fue hombre clave en las primeras etapas de la Contra.
En El Salvador, además de Félix y yo, estaba el coronel Luis Orlando Rodriguez, quien junto con su comandante, el coronel Steel, cooperaron más allá de sus límites. El capitán Peter Díaz, también del grupo militar, todos los días me entregaba personalmente el pronóstico del tiempo, tan necesario para los vuelos de nuestros aviones. Delamico fue la figura principal de un hecho poco conocido y, a la vez, histórico. Desde la guerra que sostuvieron El Salvador y Honduras existía antagonismo entre los dos países, el cual había crecido hasta el extremo de que no existía intercambio de información de inteligencia y mucho menos cooperación operativa entre ambos.
Mario, debido a sus conexiones, tuvo varias pláticas al más alto nivel, exponiendo las ventajas que para ambos países significaban el acercamiento y la cooperación en materia militar, tanto en la guerra de los Contras como en la guerra que el Salvador sostenía con los insurgentes de izquierda, cuyas unidades se replegaban en los bolsones fronterizos.
Los jefes de los ejércitos de El Salvador, general Blandón y de Honduras, general Regalado, acceden a enviar a sus emisarios para una conferencia en la frontera. Se reúnen el coronel Aplícano por Honduras y el coronel Orlando Cepeda por El Salvador. Mario asistió a la reunión. La CIA fue excluida por el alto mando de los dos países. El objetivo de la reunión fue el desarrollo de un programa mutuo contra el enemigo común: el comunismo.
En El Salvador, el programa de suministro continuaba. En la Base de
Ilopango, junto al almacén de pertrechos de guerra, había
un almacén de piezas de repuesto.
El trabajo era intenso; diariamente los empaquetadores preparaban las
cajas con los paracaídas. Los mecánicos se ocupaban de las
máquinas de los viejos C-123 y C-7. Se realizaban vuelos de prueba
diariamente. La Fuerza Aérea de El Salvador nos vendía el
combustible que utilizábamos en nuestros aviones, los mecánicos
de la base auxiliaban a nuestros mecánicos y, lo más importante,
casi diariamente dejábamos caer armas y municiones a las unidades
de tierra del Frente Sur.
El suministro del Frente Norte, en el cual nosotros no tomábamos parte, estaba con dificultades y el coronel Bermúdez nos pide cooperación. Se le envía un Caribú con su tripulación y un mecánico, que diariamente suministrara a las guerrillas del FDN en el Frente Norte.
De Washington envían al coronel (retirado) de la Fuerza Aérea de EUA, Bob Dutton, que se encargará de la jefatura de todo el proyecto. Dutton, hombre de valor, que tuvo parte importante en el rescate fallido de los prisioneros norteamericanos en Irán, pronto tiene fuertes roces con Félix.
Dutton se enroló en una misión en territorio nicaragüense donde suministraron con éxito.
A mediados de mayo, como a las 3:00 de la tarde, me encontré con Mario en completo uniforme militar con un M- 16 en la mano. Me saludó y le pregunté que para dónde iba.
-Voy a San Miguel, a la base militar.
Y discretamente no me informó sobre su misión. Momentos después lo vi abordar un helicóptero.
Esa noche, como a las tres de la mañana, me llamó Félix Rodríguez y me dice que un numeroso grupo guerrillero ha atacado con fuerza. Los aviones y helicópteros están saliendo de Ilopango para hostigar a los atacantes.
Me acordé de Mario. Me vestí y salí para la base aérea. Vi llegar las tripulaciones, reabastecer sus naves de combustible y municiones y salir otra vez.
Al llegar el día, el ataque cesó y los guerrilleros se retiraron bajo fuerte hostigamiento.
Los muertos de ambos bandos fueron considerables: cerca de 90 soldados y un número menor, pero también significativo de guerrilleros.
El Batallón Arce, al mando del coronel Mauricio Estévez, vino al rescate de la base con 700 efectivos y recuperó la posición temprano por la mañana. Félix y yo, en un Hugh-500, conducido por Félix, llegamos a la base. La destrucción se observa por todos lados. En la nave donde dormían los soldados y donde fueron atacados con explosivos que plantaron grupos de guerrilleros especializados, se veía sangre y destrucción. A los muertos los estaban apilando y a los heridos evacuando. Buscamos a Mario, y pudimos saber que se encontraba a salvo y ya había sido evacuado.
Vuelos y más vuelos
Comenzamos a volar de día, arriesgando mucho. Nicaragua tiene helicópteros del tipo MI-24 y MI-25, máquinas formidables, con un poder de fuego tremendo y gran velocidad, que podían fácilmente alcanzar y destruir nuestras naves. Además, poseen cohetería de tierra a aire del tipo SAM-7, que tiene gran movilidad y puede ser trasladada con facilidad.
La ruta de nuestros vuelos se hace constante. Varias veces, en la habitación donde se planean las operaciones, Piowatti me lo hace saber. Hablo con William Cooper, j efe de los pilotos, pero éste sonríe y no le da importancia. Cooper, un hombre de unos 60 años, ha participado durante toda su vida en vuelos de transporte sobre territorio enemigo. Tiene más de 30.000 horas de vuelo. No conoce el miedo. Trabaja ocasionalmente para la empresa Southern Air. Es el jefe y todos los pilotos lo respetan mucho.
La noche del 7 de octubre hay una comida en mi casa. Angélica, la sirvienta, ha preparado magistralmente unos patos al vino, que cacé la semana anterior con mi amigo Franco Benedetti. Somos solamente seis comensales. Cooper se encuentra entre ellos. También está Félix Rodríguez. Cooper ha bebido un poco y se muestra entusiasta y jovial. Cuando llega el postre y el plus-café se toma media botella de amareto con helado de chocolate. La última noche de su vida la vivió feliz. El siguiente día era domingo. Los domingos, a no ser una emergencia, yo jamás volaba.
El vuelo de la muerte
El vuelo, con 8.500 libras de carga, saldría a las 11 de la mañana. Llegué temprano a la base aérea de Ilopango y ordené llenarlos tanques del C-123. La tripulación está compuesta por Cooper y Sawyer como piloto; Eugene Hassenfus, un americano alto y fuerte, va en la nave como kicker, es decir, el encargado de arrojar la carga al llegar el punto preseleccionado. Un joven nicaragüense, de unos 20 años, será quien hablará por radio con las tropas de tierra. El capitán López, jefe de logística de los Contras, se encuentra allí con un grupo de cuatro nicaragüenses que se ocupan de las comunicaciones. Tienen, en una habitación construida en el almacén de pertrechos, un radio por el cual se comunican con El Aguacate.
El joven que irá en el avión para establecer la comunicación con tierra, no llega.' Son las 10:45 y el avión tendrá que salir a las 11:00. Comienzo á cambiarme la ropa para ocupar su lugar. Estoy disgustado. De repente lo veo venir, cuando ya estoy listo para abordar el avión. Le doy un fusil AK-47 y así, sin cambiarse, aborda la nave, Es una mañana esplendorosa. El avión carretea y levanta vuelo. Después de volar tres horas por la costa, llega a Nicaragua. Sigue la ruta que ha seguido en días anteriores. Los sandinistas han emplazado cuatro cohetes del tipo SM-7 con sus tiradores. Están esperando el avión. Este vuela bajo y, al pasar cerca de la instalación, disparan dos cohetes, uno tras otro. El segundo disparo pega en el motor izquierdo de la nave; un fuerte estremecimiento, y el avión comienza a descender. Con tanta carga es imposible controlarlo. Hassenfus, el kicker, hombre de mucha experiencia, se da cuenta de que pronto se estrellarán; rápidamente se pone el paracaídas, toma su fusil AK-47, abre la compuerta de descarga y tira la carga. Por la misma compuerta, y ya con el paracaídas puesto, se lanza. Todos los paracaídas de la carga se van abriendo; también se abre el paracaídas de Hassenfus. La nave desciende vertiginosamente; Cooper y Sawyer no pueden controlarla y cae pesadamente, estrellándose contra los árboles. Todos sus ocupantes mueren en el impacto.
Se arma el escándalo
Las tropas sandinistas buscan a Hassenfus, quien es capturado en la selva varias horas después. En los interrogatorios a que lo sometieron posteriormente, me reconoció e identificó por los retratos que le mostraron.
Se arma un gran escándalo. Los sandinistas, con los cadáveres de dos norteamericanos y con otro detenido, emprenden una campaña publicitaria atacando a los Estados Unidos.
Aparezco en la primera plana del periódico Miami Herald, de Miami. Se descubre que un grupo de norteamericanos, entre los que figuran Oliver North, asesor del Presidente Reagan, y el general Seacord, desobedeciendo al Congreso de los Estados Unidos, suministran armas y municiones con aviones y pilotos americanos a los Contras.
Se destapa la olla del famoso caso conocido como IRANGATE, en el que la ganancia obtenida por la venta de armas a Irán, fue utilizada para comprar y suministrar pertrechos bélicos a los Contras.
En El Salvador también se produce un gran escándalo. Los periodistas de medios internacionales de prensa han detectado dos de las casas donde viven los pilotos y también detectan la mía. Nos rodearon tratando de obtener información y fotografías. Prohibí a los norteamericanos que salieran de la casa.
A las dos de la mañana del siguiente día, el general Bustillo me llama por teléfono y me pide que vaya a verlo a la base. Rafael Quintero, que está viviendo en mi casa, me acompaña. Los dos vamos armados, dispuestos a enfrentar lo peor. Tal vez, pensamos, nos detienen y nos encarcelan. No lo vamos a permitir. El general Bustillo es un hombre recto que habla de frente. Me pide información y también me dice que evite que los americanos salgan; que destruya papeles y equipos comprometedores.
Teme el escándalo de la prensa. Por él me entero que toda la operación de suministro se ha hecho sin la autorización ni el conocimiento del presidente Duarte. Bustillo nunca pidió su autorización para la operación.
Queda una vez más demostrado que en El Salvador el ejército, la fuerza aérea y el gobierno, tienen cuotas de poder por separado y solamente unifican su criterio en decisiones trascendentales.
La política internacional, como en este caso, siempre está controlada por el presidente, quien tomará las decisiones. En el caso del suministro de armas a la Contra, el presidente Duarte deberá enfrentar las consecuencias de las decisiones tomadas por el comandante de su fuerza aérea.
La CIA, conocedora de todo lo que estaba sucediendo (varias veces vi a sus funcionarios cerca de nuestros aviones), sin lugar a duda informó a William Casey, su director; éste, a su vez, debía informar al Presidente Reagan, de todo lo que estaba aconteciendo en El Salvador. Por conveniencia, o por instrucciones de Reagan, se hicieron de la vista gorda y permitieron que continuara la operación.
¿Quién podía negar que esta era una operación permitida y controlada desde Washington? analicemos: Oliver North era asesor de seguridad del presidente Reagan. Desde la Casa Blanca se establecía comunicación y se daban directrices a nuestros teléfonos. Las máquinas codificadoras y descodificadoras de conversaciones telefónicas estaban restringidas al uso del Consejo Nacional de Seguridad de los Estados Unidos y en cada una de nuestras casas había una. Casi todos, por no decir todos los pilotos, habían volado para la compañía Southern Air, que nos apoyaba con sus costosos aviones L-100 y cuyo personal, pilotos, mecánicos, etc., trabajaban para nosotros; era una compañía que pertenecía a la CIA, o que hacía trabajos para ella. Todos estos elementos indicaban que era muy difícil que Reagan no estuviera al tanto de todo lo ocurrido.
El día 10 de octubre, al final de la mañana, me encontraba en la Base de Ilopango conversando con el capitán López. Debíamos desalojar nuestros almacenes lo más rápidamente posible, pues la prensa había pedido al presidente Duarte que permitiera una visita a la base de la fuerza aérea. Las casas descubiertas por los periodistas permanecían bajo acecho y los norteamericanos permanecían encerrados.
De pronto, un fuerte temblor de tierra me arrojó al suelo; parecía que las paredes se nos venían encima y las luces se apagaron. Al salir de la oficina, vimos que había ocurrido un terremoto de grandes proporciones. Salí de la base y, conforme avanzaba por las avenidas que me conducían a mi casa, iba apreciando la magnitud del sismo. Personas heridas eran trasladadas, casas destruidas, gente llorando y aterrorizada. Al llegar a la primera casa de seguridad, pude apreciar que los periodistas se habían retirado: así visité la segunda y tercera casa y la mía propia. De todas, los periodistas se habían retirado. Se desplazaban por toda la ciudad para cubrir el siniestro.
Aprovechamos bien el tiempo; trasladamos a todo el personal, unos 30
hombres, a la Base de Ilopango. La fuerza aérea me prestó
camiones y personal militar uniformado y, esa noche, trasladamos cajas
de documentos, desconectamos las radios y las grandes antenas de los techos.
El armamento y todo el material sensible fue trasladado y almacenado en
la Base Aérea.