Los Caminos De Guerrero
 Luis Posada Carriles

15:  En el mismo punto de partida

Ricardo y yo somos conducidos por la guardia civil del penal hacia un aposento con rejas, desde donde se puede observar todo; son las tres de la mañana y dentro del penal hay una gran movilización. Entra un equipo de expertos en explosivos de la DISIP, que desmantelan la carga destinada a la pared exterior. Expertos del mismo equipo evalúan los daños ocasionados por la explosión. A pesar de que quieren dramatizar, el explosivo puesto en un lugar abierto y adosado contra la pared sólo produciría un boquete que no significa ningún peligro para la población penal.

Más tarde llega el comandante de la guardia nacional y me dice:

-Quiero agradecerte un favor, dime dónde está la ametralladora que ustedes tienen, pues la puede encontrar otro preso y formar un grave problema.

Le aseguro que nosotros no tenemos ninguna ametralladora; se muestra respetuoso, cortés, y se retira. Frente a nosotros vemos pasar a Orlando Bosch, a quien llevan esposado para un sitio que desconocemos. Posteriormente nos enteramos de que fue sometido a interrogatorios, pero que al comprobar su inocencia lo pasaron a su celda de nuevo. A las ocho de la mañana llega el personal del ministerio de justicia, encabezado por la directora de prisiones, Dunia Farías, una señora gruesa e imponente, de malos modales, que viene acompañada por el oficial ejecutivo de prisiones conocido como "el Indio Andrade". Pasan frente a nosotros, pero no nos hablan, no saben qué contestarán a los periodistas cuando les pregunten cómo entraron los explosivos, cómo entraron las armas al penal y cómo fueron burladas todas las medidas de seguridad para que se produjeran los hechos.

Inmediatamente, Dunia Farías ordena que nos trasladen a una celda de castigo por dos meses. Ricardo y yo somos puestos en celdas separadas, sin luz eléctrica, sin cama y con un hueco o inodoro para hacer nuestras necesidades. Durante los próximos dos meses dormiremos en el suelo, no recibiremos visitas y no tendremos ninguna facilidad. La habitación de cinco por cinco está sucia y las paredes cubiertas por miles de cucarachas que, increíblemente, permanecen estáticas; por el hueco donde hacemos nuestras necesidades salen enormes ratas.

Dunia Farías da órdenes en alta voz y personalmente revisa mi nueva prisión. Me amenaza en voz alta:

-Aquí te pudrirás durante dos meses.

Le lanzo una ofensa verbal y allí termina el incidente, por ahora. A las doce del día nos traen nuestros primeros alimentos: una bandeja asquerosa con alimentos fríos. Me niego a comer y, de pronto, se me ocurre una idea: si yo permanezco sin ingerir alimentos durante varios días, forzosamente tendrán que llevarme a un hospital o clínica, donde terminará el tormento de esta inhumana prisión. Sin nada más que hacer, me tiro en el suelo. Mi actitud no es de derrota, sino de lucha. rezo mis oraciones y le pregunto a Dios:

-¿Hasta dónde más me vas a llevar?

En esta oscuridad de la celda el día y la noche se confunden. Solamente cuando abren la puerta sé si es de día o es de noche. El frío es tremendo y no tengo ropa para abrigarme. Hoy he matado dos enormes ratas.

Al día siguiente es cuando me doy cuenta de que la celda que está al lado de la mía está ocupada por Ricardo. Le grito a voces mi decisión de no ingerir alimentos y él me dice que está er la misma situación. Hoy me trajeron una colchoneta vieja, que no se sabe de qué color es. Un preso que está en otra celda de castigo me ha enviado la mitad de su cobija, que partió en dos partes. Estoy en la gloria: duermo arriba de algo blando y mitigo el frío con aquella sucia colcha que agradezco profundamente.

Las horas pasan lentas e interminables. Hace tres días que no ingerimos alimentos. Vienen dos fiscales del ministerio público, que se horrorizan al ver las condiciones del cuarto y hablan entre sí de protestar ante el ministerio.

A las dos de la mañana del tercer día, viene un médico a tomarme la presión para ver cuáles son mis condiciones. Me niego a dejarme examinar; pienso que, de esa forma, los tendré preocupados. Me siento perfectamente bien. No tengo hambre, ni ningún malestar. Cuando uno deja de comer el estómago, sabiamente, deja de producir ácidos estomacales y, por lo tanto, no hay ninguna acidez ni malestar; sin embargo, eso no le ocurrió a mi compañero, quien ha comenzado a vomitar sangre, pero tampoco acepta ninguna asistencia médica.

Así pasan los días, interminables; increíblemente, en esa situación el hombre se acerca más a Dios. Al séptimo día viene de nuevo Dunia Farías y pide hablar conmigo. Petulante y cruel, me amenaza diciendo que, si no como, moriré en aquel lugar. Cambia su actitud al ver que permanezco imperturbable y me dice que me ayudará. Por no insultarla de nuevo, pido que me regresen a mi celda: allí me espera el médico, que trata de nuevo de tomarme la presión y de examinarme: trae dos hombres para forzarme. Sin embargo, al ver mi actitud, teme que al rebelarme y luchar me pueda provocar un infarto o algo similar, y desiste. Vuelvo a mi celda a pasar las horas y las horas.

A pesar de todo, estoy sereno y sé que esto terminará de una forma o de otra. Son las nueve de la mañana, me anuncian que tengo visita y me traen una camisa y un pantalón limpios que me niego a ponérmelos, diciendo que recibiré así a la visita.

Me trasladan a la dirección, donde me espera un nuevo director, pues el anterior, debido a los sucesos, ha sido cambia do. Está mi esposa y la fiscal del ministerio público, que tanto me ha protegido y protestado por mí. Ambas vienen a convencerme de que desista de mi peligrosa actitud de huelga: pido hablar a solas con mi esposa y le explico mi plan. No está convencida y teme por mi salud: sin embargo, siempre estará de mi lado y me apoyará.

Los nuevos empleados asignados a la prisión me ven con simpatía y me tratan bien. Por supuesto, no tienen nada qué ver con lo que sucedió: más bien están allí gracias a lo acontecido, sustituyendo a los empleados del ministerio de justicia que fueron expulsados. Prometen llevarme libros y resolver mi situación. Estoy muy débil y luzco horrible: despeinado, con la barba crecida de diez días, la ropa sucia y ajada, sin haberme bañado ni lavado los dientes. Mi cuerpo está débil y maltrecho, pero mi alma y mi espíritu están más firmes que nunca. A pesar de mi situación me siento poderoso: qué extraño que, mientras más golpean al hombre, le hagan sacar más fuerzas de su interior y más bravura. Sucede siempre así.

Doce días sin alimento. Ricardo está en mal estado y sigue vomitando sangre. Yo me encuentro perfectamente bien, aunque muy débil. Sin embargo, como el objeto de la abstinencia es que me saquen de aquí, finjo estar más débil que lo que en realidad estoy. Frecuentemente los médicos entran a mi aposento y me observan: no me tocan porque temen a mi reacción.

Sin que yo lo sepa, mi esposa ha ido a los periódicos y ha expuesto mi situación: hay una presión enorme contra el ministerio de justicia, que yo desconozco. Por donde quiera salen artículos donde se expone de nuevo la injusticia de mantenernos durante más de siete años en prisión con una sentencia absolutoria y sin recibir sentencia definitiva. Afuera, sin saberlo yo, todo es corre-corre. En la mañana del día 14 entran en mi celda dos fiscales del ministerio público, dos guardias nacionales y varios funcionarios que desconozco. Me dicen que me van a trasladar. Los guardias se ofrecen para ayudarme a caminar, me rehuso y camino un poco vacilante, pero erguido todo el largo pasillo de la cárcel. Los presos salen a verme y me ofrecen sonrisas y palabras de aliento. Salgo al patio y allí veo que también han sacado a Ricardo, quien luce muy pálido, pero también firme y sereno. Nos esposan y nos meten en un pequeño carro cubierto de rejas: donde quiera que vaya, sé que he ganado la batalla: atrás queda el inmundo cuarto de cucarachas y ratones. Conmigo se van mi dignidad y mi hombría.

Se inicia el traslado. Delante del carro que nos conduce van dos carros repletos de soldados, yo calculo que con 30 ó 40 cada uno. Oigo volar un helicóptero que hará vuelos rasantes a ambos lados de la carretera que vamos a cruzar, dándole así más seguridad a la caravana: nunca vi un traslado con tanto alarde ni exhibicionismo.

Ricardo se siente muy mal y vomita el agua que ha ingerido hace breves instantes. Reconozco el camino: vamos hacia el llano venezolano. Después de recorrer unos 200 kilómetros en el Estado Guarico, llegamos a la famosa Penitenciaría de San Juan de los Morros.

Será la última vez que veré a Ricardo y a mis demás compañeros. Me bajan allí, mientras Ricardo continúa con la caravana de protección que lo dejará en la cárcel de Tucuyito, a unos cien kilómetros de la Penitenciaría de San Juan de los Morros.

San Juan de los Morros

San Juan de los Morros es una cárcel de máxima seguridad que alberga a unos dos mil reclusos: la mayoría de ellos, cumpliendo ya su sentencia definitiva. Está a unos 200 kilómetros de Caracas. La cárcel tiene un perímetro de más de un kilómetro cuadrado. La prisión está rodeada por una cerca de seguridad y cada 50 ó 60 metros se encuentran garitas ocupadas por soldados que custodian el perímetro. Un jeep con cuatro soldados y un conductor patrullan continuamente el perímetro en horas de la noche. Nunca tuve acceso al lugar de reclusión de la población penal. Desde el primer momento que llegué me aislaron completamente y me recluyeron en una celda que, en otros tiempos, sirvió de prisión a Marcos Pérez Jiménez, el exdictador venezolano. Mi celda tenía una habitación con baño: después, atravesando un pasillo, había una pequeña sala que me serviría de estudio y de cocina: todo rodeado de ventanas fuertemente enrejadas y que daban a un pequeño patio al cual tenía acceso para tomar el sol. El patio también estaba enrejado por la parte de arriba. Esa instalación estaba dentro del penal y como a 50 ó 60 metros de la cerca de protección perimetral.

Me instalaron una cama de enfermería y mis familiares trajeron un colchóny un pequeño gavetero con lo que completé el ajuar de mi nueva habitación. En la sala instalé una cocina y el pequeño refrigerador que me regaló Paco Pimentel y que me había seguido en todas las cárceles que estuve.

Un camión con todas mis pertenencias llegó casi al mismo tiempo que la caravana de seguridad: allí se encontraba mi pequeño televisor de 13 pulgadas que me había regalado el general Vega Echesuria.

Inmediatamente me pasaron a hablar con el director, un buen hombre que comprendía mi situación y al que tengo mucho qué agradecer. Le expliqué que, debido a que ya me habían sacado de mi celda de castigo y trasladado a otra prisión, daba por terminada mi abstinencia de ingerir alimentos. La fiscal del ministerio público, que acompañaba la caravana y que estaba presente en la conversación pidió, increíblemente, que me quitaran el televisor, a lo cual el director se negó y me dijo que podía conservarlo. De aquí en adelante mi prisión sería completamente solitaria: recibiría visita dos veces a la semana, los miércoles y los sábados.

Mis familiares se encontraban en los Estados Unidos desde antes de mi última fuga o, mejor dicho, intento de fuga. Yo me había reunido con mi esposa y con mis hijos y habíamos acordado que lo mejor para todos era que ella se fuera con Jorge y Janet para los Estados Unidos. Jorge recién había terminado su bachillerato y Janet iba pasar a estudiar bachillerato. Yo seguiría insistiendo en mi fuga y los malos ratos que haría pasar a mi familia serían muy grandes. Con mucho dolor nos separamos. Hicimos lo que debíamos hacer. Yo seguiría insistiendo en mi libertad a costa de mi vida, si era preciso. Ellos comprendieron que mi decisión era impostergable y compartieron con mucha tristeza mi acto de voluntad.

En San Juan de los Morros frecuentemente recibía visitas de mis amigos y hermanos Pedro y Nelly, Paco Pimentel, que nunca me falló, Luis Aranguren, Manchego y Corzo, Pepe Quijano y un grupo de compañeros que vivían en Valencia a unos 50 kilómetros de la prisión. Cualquiervisita significaba un sacrificio para mis visitantes: las distancias a recorrer en carretera y las requisas humillantes a que eran sometidos. Tengo muy presente el caso de un cura cubano, el arzobispo Boza Masvidal, a quien cuando venía a visitarme lo hacían quitarse los pantalones.

La Penitenciaría de San Juan de los Morros está ubicada en el Estado Guarico, en el llano venezolano. El verano es inclemente y hace un calor insoportable. En el invierno, que así se llama a la temporada de lluvia, a diaro caen torrenciales aguaceros. Se caracteriza por la enorme cantidad de mosquitos, zancudos y toda clase de insectos. Además, el agua que viene del río Guarico y que abastece el penal, llega turbia, enlodada y de color chocolate. Con esa agua debemos bañarnos y lavar la ropa que, poco a poco, va adquiriendo un tinte marrón claro. Los más afortunados y privilegiados reciben semanalmente un botellón de agua potable.
Mi celda, como ya expliqué, estaba ubicada dentro del penal pero aislada de la población penal. La seguridad con respecto a mí, era exagerada. Un guardia o vigilante civil permanecía día y noche en una celda adyacente a la mía, vigilándome todo el tiempo. Los mosquitos lo acosaban y no lo dejaban dormir; no tenía servicio sanitario y tenía que pedirme permiso para usar el mío, cuando tenía necesidad. Al principio yo sentía lástima por el vigilante. Repetidamente le obsequiaba café y alguna de mis comidas y refrescos. También le permitía pasar y ver mi televisión sobre todo cuando yo estaba leyendo o pintando. La regla que me había impuesto a mí mismo, en mi régimen de prisión, me permitía ver, televisión solamente de noche.

Mis atenciones hacían la vida un poco más llevadera a mis vigilantes; pensé que me sería imposible fugarme con un vigilante tan cerca de mí las 24 horas del día. Inicié un plan para deshacerme de ellos Separadamente llamé al vigilante y a su reemplazo y les hice la siguiente reflexión:

-Ustedes aquí hacen turnos de 24 horas. es decir, que la mitad de su vida permanecen presos junto conmigo. Por otra parte, yo no tengo nada personal contra ustedes, pero sí contra el régimen penitenciario del cual ustedes forman parte; por lo tanto, de hoy en adelante no les permitiré usar más mi baño, ni ver mi televisión, no les daré más alimentos, ni café, ni refrescos. Ustedes son vigilantes y yo soy preso y así serán las cosas.

A partir de ese momento la vida de los vigilantes fue insoportable. Sentados en una silla todo el día, y durmiendo en un catre, acosados por los mosquitos toda la noche. Comenzaron a faltar a sus guardias y había etapas en que me pasaba dos o tres días sin vigilancia. Al poco tiempo sólo enviaban a hacer ese trabajo a los vigilantes que eran castigados. A los dos meses se suspendió la guardia. Había ganado el primer paso hacia mi libertad.

Continúo, pacientemente, explorando las debilidades de la penitenciaría, con miras a un nuevo intento de evasión.

Cuando son las ocho de la noche y estoy viendo televisión sentado en un sillón de tela, llega el comandante en jefe de la guarnición con el director de la prisión; vienen a notificarme que mañana debo estar listo y vestido a las cinco de la mañana, porque me trasladarán a Caracas para leerme los cargos en un nuevo juicio. Les digo que no me presto una vez más a ninguna farsa de tipo jurídico y que, según me he documentado, a los cargos debe acudir el reo libre de apremio o coacción. Por lo tanto, como yo no creo en el sistema jurídico que me está juzgando, como llevo ya casi nueve años en prisión esperando sentencia definitiva, como fui absuelto hace ya casi cinco años y nunca se ratificó mi absolución, como he sido pasado de un tribunal civil a un militar y después a uno civil, no tengo ninguna razón para pensar en que esto no continuará así. Por lo tanto, me niego rotundamente a asistir a algún acto judicial. El director, de buena fe, trata de convencerme y explicarme que, si no voy a los descargos, el juicio no progresará y, por lo tanto, nunca alcanzaré sentencia y tendré que vivir indefinidamente preso.

No me convence; mi decisión es firme y nunca contribuiré a que me vuelvan a formular cargos y a comenzar un nuevo juicio después de nueve años de prisión. Reitero que, para sacarme de mi celda y conducirme al juzgado, tendrán que utilizar la violencia. Ambos se miran sorprendidos; por primera vez un preso se niega a acelerar su juicio; cortésmente les pido que se vayan de mi celda y me dejen seguir viendo la televisión. Sin embargo, el oficial dice que de todas formas vendrá mañana, a las cinco de la mañana, para ver si he cambiado de opinión. Le digo que haga lo que estime conveniente y le doy las buenas noches; al otro día, por la mañana, ni siquiera vinieron a mi celda.

Siguen pasando los días, monótonos. Mi familia está en los Estados Unidos; hace más de un año y medio que no veo a mis hijos. Mi hijo Jorge viene de Estados Unidos a visitarme. Pido un permiso especial para que le concedan visitas extraordinarias en los tres días que estará en Venezuela. El director, gentilmente me las concede. Mi hijo se aloja en un pequeño hotel cerca de la prisión y desde allí me visita. Durante los tres días que permanece en San Juan de los Morros le permiten que me visite de nueve de la mañana a cuatro de la tarde. Son días felices, en medio de la tristeza y la angustia de la prisión. Le explico que trataré de fugarme de nuevo. Comprende que la prisión sin esperanzas es peor que la muerte. Tristemente, accede a mis planteamientos y me apoya. En estos tres días que estoy con mi hijo puedo evaluar su serena madurez, su honestidad y el cariño que me profesa; se va mi hijo y sigue la monotonía de la prisión. Ha llegado la época de lluvia. Como ya dije, el agua que abastece el penal proviene de un río y llega a los baños sin tratamiento. Es un agua fangosa que muchas veces viene llena de pequeñas raíces y palos. Cuando uno se baña con ella, queda más sucio que cuando entró al baño. Para tomar y cocinar me traen un envase de cinco galones semanalmente de agua cristalina, que debo ahorrar hasta la próxima semana. Con ella, además de cocinar, me lavo los dientes y, si al fin de la semana sobra bastante, podré lavarme la cabeza. En la temporada de lluvias las hierbas crecen con exuberancia alrededor del penal.

Estoy trabajando en la fuga. Mi recinto carcelario está como a unos sesenta o setenta metros de una cerca que rodea el perímetro del penal. Por la parte exterior hay un pequeño patio donde tomo el sol, que está cubierto por una malla de acero, la que estoy seguro no es muy dificil de cortar. Me hace falta introducir una cizalla para poder cortar los alambres que cubren el patio y, posteriormente, abrir un hueco en la cerca exterior del penal. La cerca está custodiada por garitas, un jeep con un sargento y tres soldados patrullan regularmente el perímetro durante la noche. Mi plan es abrir un agujero en el techo del patio y deslizarme al patio exterior. En invierno, como las hierbas y los arbustos han crecido, ofrecen alguna protección. Sin embargo, entre el patio de mi celda y la cerca exterior hay un espacio de setenta metros que debo andar para llegar a la cerca, que está bastante iluminado; una vez que logre llegar a la cerca sin ser visto, abriré un agujero de medio metro cuadrado con la cizalla y trataré de salir al exterior. El día más adecuado será el miércoles o el domingo; es decir, los días de visita cuando, desde muy temprano, ya hay gente haciendo cola en la entrada del penal. Si logro salir por el agujero sin ser visto, mando a buscar a mis amigos de Miami para que me apoyen en el plan. Si lograra burlar la vigilancia, cortar la cerca y salir del penal, ellos me estarían esperando en un automóvil como a un kilómetro y medio de la prisión, a la hora convenida.

También tendrían que introducir la cizalla al penal para que yo pueda cortar los alambres. Introducir la cizalla es todo un proceso. Esta fue fabricada y cortada en Miami y todas sus partes soldadas en el interior de varias latas de leche en polvo que, posteriormente, fueron llenadas de leche y selladas. Las latas de leche llegaban a la prisión con las visitas. Así, no hubo mucha dificultad para introducir la cizalla. Cuando todo estaba listo y la fecha fijada, tres presos trataron de evadirse, cortando la cerca; lograron escapar, pero luego fueron capturados. A partir de ese momento las medidas de seguridad se intensificaron: cortaron la hierba, mejoraron la iluminación, los guardias de las garitas bajaron de ellas y cada 50 metros de la cerca había uno' sentado mirando hacia ella. El patrullaje en el jeep se redobló; en fin, se hizo imposible realizar la fuga de esa forma.