9: Un nuevo reto, nueva misión
Con el cambio de gobierno en Venezuela, renuncié a mi posición
en la DISIP, sabedor de que no era grato a la vista del Presidente Carlos
Andrés Pérez, quien por ese entonces estaba entusiasmado
por una onda populista que lo acercaba a las posiciones de Castro, al menos
en algunos aspectos de la política exterior.
De todas formas, estaba un poco cansado y deseoso de alguna independencia
personal, de otra manera, quizás habría hecho algún
intento por retener el cargo o, cuando menos, seguir siendo parte de la
organización oficial. Examiné mi situación personal
y encontré que tenía mis relaciones intactas y mi prestigio
bien ganado como investigador y combatiente. Había ahorrado algún
dinero y decidí viajar a los Estados Unidos para descansar un poco
y rehacer mis planes de vida.
En el vuelo de Viasa a -Miami, me encontré casualmente con Joaquín
Chaffadert, que también iba para Estados Unidos. Nos sentamos en
asientos contiguos y empezamos a conversar en torno a mi renuncia de la
DISIP y mis planes para mi retorno a Venezuela. Le expliqué que
mi viaje a Estados Unidos obedecía a mi interés de comprar
algún equipo que utilizaría en mi nuevo proyecto: una agencia
de investigaciones privadas. La confié que Ray Velásquez,
un gran amigo y hábil investigador, me había conseguido un
cupo en un curso intensivo en el que se demostraría el uso del Dektor,
un nuevo aparato, similar al detector de mentiras, pero que detecta el
stress de la persona sometida a análisis cuando miente, según
las modulaciones de su voz al pasar por la laringe y el diafragma. Sin
duda, impresionado por mi larga experiencia y la novedad de mis planes,
Joaquín se ofreció asociarse conmigo en la empresa y yo accedí
gustoso. En efecto, al día siguiente de mi llegada a Miami, volé
a Washington, donde adquirí gran parte del equipo necesario.
Una vez organizada la agencia en Caracas, se asoció a nosotros el cubano Diego Argüello Lastre, recién llegado de Miami, recomendado y cuñado de Ray Velásquez. El comisario Hernán Reyes sería nuestro primer investigador y Celsa Toledo nuestra secretaria ejecutiva. Los clientes aparecieron aún antes de que completáramos nuestras instalaciones. Los primeros casos los investigué solo, casi sin ayuda. Al primer mes de operaciones ya ganábamos lo suficiente como para cubrir gastos y, al siguiente, contabilizábamos ganancias. A fines del primer trimestre fue necesario cambiarnos de local a otro más amplio, donde pudimos alojar a los varios empleados que tuvimos que contratar, además de los vehículos y otro equipo. Nuestro proyecto, Investigaciones Comerciales e Industriales, Compañía Anónima (ICICA), muy pronto fue un próspero y rentable negocio. Diego Argüello tenía el encargo de organizar las ventas,— luego de su fallido intento por convertirse en comerciante en Santa Elena de Guirén.
Por la misma fecha de nuestra entrada triunfa¡ en el negocio de
la investigación privada, vino a enriquecer nuestro equipo técnico
el ex-director de la Policía Técnica Judicial de la DISIP,
José Gabriel Lugo, quien además tenía una escuela
de capacitación para guardianes privados. Con el ingreso de Lugo,
la empresa adquirió nuevos y más importantes contratos. Numerosas
corporaciones, de las más grandes y conocidas de Venezuela, nos
encargaron investigaciones sobre conflictos de
competencia, robos y fraudes; investigaciones para pre-empleo de ejecutivos
importantes, especialmente de empresas multinacionales, etc. Prácticamente
no teníamos tiempo para ocuparnos en trabajos de personas particulares
y, en los pocos casos que aceptamos, jamás nos hicimos cargo de
asuntos relacionados con adulterios ni problemas entre políticos,
rama que nos parecía de importancia mínima, en comparación
con lo más rentable y atractivo de la investigación comercial
e industrial, particularmente en el campo del espionaje de tecnología,
comercio y finanzas de empresas nacionales y extranjeras. Varias motos,
una red de equipos móviles de comunicaciones con su repetidora,
cámaras operativas, micrófonos sofisticados, etc., auxiliaban
en sus pesquisas a nuestros investigadores que, en su mayoría, eran
ex-policías egresados de la PTJ y la DISIP. La seriedad y la eficiencia
nos convirtieron en una de las mejores agencias del ramo.
Mi vida transcurre así, como se dice, sin pena ni gloria. Trabajaba
descansadamente en mi empresa. Después de haber estado tanto tiempo
en la policía y de haber dirigido y participado en tanta acción,
trabajar en investigaciones privadas era para mí como "pegarle a
un niño". Almuerzo casi todos los días con mi amigo, el ex-director
de la DISIP, Remberto Uzcátegui. Nos reunimos en el Caney, donde
tomamos un trago y comemos carne asada al carbón. Nada en realidad
que tense los nervios. Por primera vez, en muchos años de luchas
y sobresaltos, duermo todas las noches en mi casa, compartiendo mi vida
con mi esposa Nieves y mis hijos Jorge y Janet, nacida en Venezuela tres
años atrás. En la temporada cazo patos y venados con Hermes
Rojas y Rolando Santander. Vamos frecuentemente a una finca llamada El
Cedral, en el avión de mi amigo Tony Blázquez. El Cedral
queda en San Fernando de Apure, cerca de la frontera con Colombia. La caza
es abundante y volamos allá casi todos los fines de semana. Son
tiempos de paz y tranquilidad, en los que los días transcurren suavemente,
sin mayores problemas.