Campechuela, 27 de febrero de 1895: la guerra, la astucia y la prudencia.

Tanto en Cuba como en España el público estaba ávido de no-ticias.   Se sabía que la guerra había estallado de nuevo en la Isla desde el 24 de febrero de 1895 y que los brotes insurreccionales en Matanzas y Las Villas habían sido controlados durante los primeros días aunque los arrestos y los hallazgos de depósitos de armas y balas continuaban en todas las provincias occidentales.   Pero un mes después, aún había gran incertidumbre sobre lo que en realidad estaba sucediendo en la región oriental.  Los infor-mes eran escasos y contradictorios creando tal estado de incredu-lidad que una “revista decenal” española recién creada para cu-brir el conflicto, Ecos de Cuba, se atrevió a sugerir al gobierno que “casi sería mejor decir la verdad”.
Uno de esos reportes, que reprodujo Ecos de Cuba tomado del periódico manzanillero El Liberal, resaltaba la bizarra conducta del jefe de la fuerza española destacada en el poblado costero de Campechuela.  Según el informe, el 20 de marzo —una semana después del hecho— llegó a La Habana la noticia de la entrada de los insurrectos en Campechuela.  En realidad, el incidente había ocurrido el 27 de febrero, es decir, no una sino tres sema-nas antes.  La demora ilustra el férreo control que ejercían las autoridades sobre este tipo de información.  Decía el reporte que a las nueve y media de la mañana:

«...una partida de insurrectos, al mando del cabecilla Amador Guerra (de los jefes de [Bartolomé] Masó) y compuesta de más de trescientos hombres á caballo, penetró en el poblado de Campe-chuela, causando un indescriptible pánico en el vecindario, que abandonaba sus hogares; refugiándose algunas familias en un barco americano que se hallaba en el puerto.
Los insurrectos mandaron un parlamentario al Jefe del destaca-mento señor Tarragó intimándole la entrega de las armas de la fuer-za á su mando compuesta de 40 hombres del Regimiento Infantería de la Habana.
El teniente Sr. Tarragó, les dio esta sencilla contestación: «des-pués que pasen por encima de mi cadáver y de los de mi fuerza, po-drán tomarlas; pero mientras me quede un soldado y un átomo de vida, las defenderé.»
Dicho valiente oficial, viendo lo difícil de su posición puesto que los enemigos habían tomado el ingenio, en cuyo punto eran inex-pugnables y que en el cuartel donde se encontraba no podían defen-derse por ser de guano y fácil por lo mismo de incendiar como se pretendía, se lanzó al campo, desplegando su gente en orden de combate, dispuesto a esperar el ataque del enemigo, quien no quiso ó no se atrevió á empeñar la lucha....»

Las fuetes palabras del Sr. Tarragó —con su timbre numanti-no— seguramente hicieron vibrar de orgullo los corazones de los lectores de Ecos de Cuba en la Isla y en la Península.  Otras fuentes, sin embargo, ofrecen una versión algo diferente.

En su obra Los héroes del 24 de febrero, el comandante del Ejército Libertador Rafael Gutiérrez Fernández, ofrece un relato pormenorizado de la entrada de unos cien rebeldes a Campe-chuela que, por su congruencia, puede que se ajuste más a la verdad histórica.  Dice así Gutiérrez Fernández:

«Los tranquilos vecinos de Campechuela no esperaban la visita de una caballería cubana, que a bandera desplegada y en correcto or-den militar paseara triunfalmente por una de sus calles hasta la pla-ya.
La guarnición militar de la población, destacada en un fuerte im-provisado de tablas, con techumbre de guano —fácil combustible para incendio inmediato— no hostilizó al escuadrón en marcha, que se dirigía a la playa para bordear el litoral del mar, y al paso militar, ordenado, formando línea, las familias cubanas regocijadas, ebrias de santo patriotismo, agitaban las manos y los pañuelos, saludándo-los sin temor.
[...]
Entraba en el plan militar del Capitán Guerra, atacar a su paso a la guarnición española de la plaza, incendiando el cuartel ... obligando a sus defensores a tener que empeñar acción entre las calles del po-blado hasta rendirlos o exterminarlos si los emisarios que Guerra envió ante el comandante de la plaza ... no le daban seguridad de que este jefe abandonaría el destacamento, por ser un reducto inser-vible para toda tentativa de resistencia armada, dejándolo libre a las fuerzas rebeldes con todas las armas, municiones y útiles de guerra que en el mismo existieran.
No quería el capitán Guerra difundir alarma ni pánico entre los habitantes de la pequeña villa, compuesto de familias cubanas, que tenían a sus parientes, allegados o amigos entre las fuerzas rebeldes, evitando causar daños materiales, derramar sangre u originar vícti-mas innecesariamente inmoladas por ridículas resistencias.
Y a los fines humanitarios de evitar desgracias, incendios y alar-mas que pudieran originarse, se reunieron en la casa del capitán de las guerrillas españolas, don Rafael Cerviño, el comandante militar y los comerciantes, hacendados y colonos, don Joaquín y don Al-fonso Cabrera Garcés, don Segundo Iturriaga y don Joaquín Reynor ... acordando un plan que satisficiera al capitán Guerra y salvara el honor militar del jefe de la guarnición española, sin recibir perjui-cios los intereses del comercio, la industria y la propiedad urbana de la población.

Siguiendo el plan allí acordado —según Gutiérrez—, el oficial español se llevó a sus soldados al cementerio en las afueras del pueblo donde asumieron “posiciones defensivas” mientras los hombres de Guerra ocupaban los 64 fusiles, más de 6,000 tiros, cartucheras y otros enseres militares abandonados en el cuartel.  El astuto capitán Amador Guerra había logrado que la interesada mediación de los propietarios del pueblo neutralizara la tropa española sin disparar un tiro.  Dueños del pueblo, los mambises se abastecieron víveres, ropa y otros enseres en las tiendas de Campechuela.  Después de un tranquilo almuerzo, marcharon a visitar los ingenios de la costa estrenando dos nuevas banderas cubanas que les obsequió la maestra y poetisa Mauela Cancino de Beola.

El joven mulato Amador Guerra había servido durante la Gue-rra de los Diez Años como oficial bajo el mando superior del general tunero Vicente García.  El 24 de febrero, el general Bar-tolomé Masó lo ascendió a Capitán y le asignó el mando de un grupo que Guerra convertiría en el Regimiento de Caballería “Guá”.  El día antes de su entrada en Campechuela la fuerza contaba con unas 80 plazas; como resultado de aquella incursión por la costa en busca de pertrechos y reclutas, Amador Guerra terminó el día con cerca de 200 hombres bien armados.  El re-gimiento “Guá” se distinguió mucho por su actividad durante los primeros meses de aquella guerra  y su jefe adquirió fama por su valor y serenidad.  Ya con el grado de Coronel, Amador Guerra murió en combate pocos meses después de la toma de Campe-chuela.
 
A pesar de la desafiante actitud que la prensa le había atribuido al jefe de la guarnición, su sensata decisión no fue bien recibida en los círculos militares españoles.  En cable fechado el 26 de marzo, el Capitán General don Emilio Calleja reportaba al Mi-nistro de la Guerra en Madrid sobre la toma de Campechuela:

«...El teniente jefe del destacamento ha sido sumariado, porque accediendo a los ruegos del pueblo, no atacó a los insurrectos....»
 
La situación del teniente Tarragó revestía mucha seriedad..  Por ejemplo, un mes después de este telegrama del general Ca-lleja, otro caso similar tuvo un terrible desenlace.  El teniente Valentín Gallego, del 5º Batallón Peninsular, por alguna razón también entregó el fuerte que mandaba en Ramón de la Yaguas sin hacer resistencia.  Condenado por un Consejo de Guerra por el delito militar de cobardía, este oficial fue pasado por las ar-mas el 1º de mayo.  No sabemos que pasó con el teniente Tarra-gó aunque parece que tuvo mejor suerte que el teniente Gallego.
Es de notar que el comandante Gutiérrez, aún escribiendo cua-tro décadas después del hecho, tuvo la delicadeza de omitir el nombre del jefe español.   A más de un siglo de distancia, hoy no creemos que los posibles descendientes del “teniente Sr. Tarra-gó” se mortifiquen al comprobar que aquel 27 de febrero de 1895 en Campechuela su pariente optó por la prudencia.

José Ramón Fernández Álvarez
24 de febrero de 2006
Miami

Fuentes principales:
  Revista Decenal del “Avisador Comercial” Ecos de Cuba, del 10 de marzo hasta el 10 de mayo de 1895 (en edición facsimilar publicada por la Xunta de Galicia, 1997.
  Rafael Gutiérrez Fernández, Los héroes del 24 de Febrero, Casa Editorial Carasa y Cía. La Habana, 1932 (tomo 1º) y 1935 (tomo 2º).